miércoles, 27 de junio de 2007

Antigravitational Day

Me abría paso entre la gente pero la masa crecía y crecía, cada vez más apretada. A los de la alcaldía de Barcelona se les había ido la mano a la hora de organizar un evento como éste: el Antigravitational Day (en inglés se vende mejor) había atraído a miles de personas de todo el mundo que estaban cansadas de arrastrarse por el suelo y sencillamente, aquí no cabía un alma más. Vamos, era una oferta atractiva en una ciudad que está obligada a ofrecer cualquier cosa para no pasar de moda, y la idea de anular la gravedad en el perímetro del barrio el Raval y lograr que toda la gente que se encontrara allí flotara durante 10 minutos, sin duda, superaba cualquier espectativa y hacía que valiera la pena tanto apretón y asfixia.

Yo iba dentro de un río de gente que se movía por Carrer Hospital y había quedado con Marie en la Rambla del Raval para flotar juntos. Intentaba llegar, pero la gente estaba histérica y cada vez más violenta, y apenas había avanzado un poco cuando escuché a alguien gritar:

- ¡Son las 12, son las 12!

A las 12 en punto, supuestamente, todos íbamos a flotar y bueno, así fue. El problema es que todos, absolutamente todos, comenzamos a flotar a la misma altura: 3 metros y 40 centímetros. Y si antes estábamos apretados en el suelo, ahora estábamos apretados y sin control en el aire. La gente gritaba de miedo o placer o simplemente no sabía qué hacer, dando vueltas sobre sí mismos mientras se golpeaban los unos a los otros.

Los más despabilados decidimos movernos cuanto antes. Yo quería encontrar a Marie así que volé hacia la Rambla del Raval, chocando primero con un grupo de japoneses que reían como enfermos y luego con unos ingleses que no diré que estaban borrachos porque se sobreentiende. Perdí la camiseta y un zapato y continué volando como pude, y entonces atravecé un tour de jubilados franceses que me robaron la cartera y seguí hasta que escuché a un paquistaní que flotaba y decía "cerveza bieer, cerveza bieer" y comprendí que ya había llegado a la Rambla. Me dirigí hacia unas palmeras y recibí tantos golpes que cuando encontré a Marie estaba completamente atontado...

- Marie, he volado para estar contigo...

- Juan, ¡esto es una locura! ¡Seguro que es un sueño tuyo y tienes que despertar!

- No Marie, esto no es un sueño mío. ¡Esto es la realidad!

- ¿ La realidad? ¿Cuándo has visto que en Barcelona pase algo así y no cobren entrada?

Justo cuando Marie terminó de decir aquellas palabras se acabaron los 10 minutos de anti-gravedad. Miles de personas, todas a la vez, caímos 3 metros y 40 centímetros en medio de un grito ensordecedor. Y antes de estrellarme contra la calle, efectivamente, desperté. Pero al despertar descubrí que me estaba cayendo de la cama y antes de que pudiera reaccionar ya me había aplastado la nariz contra el suelo. Marie tenía razón: en esta ciudad, como en todas las ciudades, sólo las caídas son gratis.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Lo borraste mangansón!?!