martes, 12 de junio de 2007

El cigarrillo, la comodidad y la muerte

Aunque probé mi primer cigarrillo a los cinco años (un Astor Rojo, lo recuerdo bien, pues mi papá me bajó los pantalones y me dio una buena tunda), no me hice adicto sino hasta los 18. Luego, durante todos estos años en los que he contribuido con la increíble fortuna de las tabacaleras sólo me ha quedado humo, algún diente podrido y esos dedos amarillos que algún borracho cursi llamó “la nicotina de la soledad”. Pero también me ha quedado una historieta, como esa que de tanto en tanto, si hay una vela encendida en la mesa y nadie tiene fuego, alguien termina contando como si fuera un refrán: resulta que si enciendes un cigarrillo con la llama de una vela automáticamente se muere un pescador o un marinero en alta mar. ¿Por qué? Nadie lo sabe, pero es así: tome un cigarrillo y acérquese una vela con cuidado de no quemarse la nariz, cierre los ojos e imagine como una ola inmensa arrastra al pescador noruego Rolf Hukkelberg del puente de su barco y entonces es tragado por el mar sin tiempo de pensar que el culpable es alguien como usted, que en algún lugar del planeta, ahora está soltando circulitos de humo por la boca sintiendo un inmenso, inconmensurable placer.

Matar nunca fue una actividad tan cómoda. Sin embargo, en otros lugares del planeta ha alcanzado tintes más prácticos y exquicitos: mi amigo Audrius me contó que en su país, Lituania, cuando enciendes un cigarrillo con la llama de una vela no matas a un pescador sino a un policía. Y claro que allí, todo, todo el mundo fuma.

1 comentario:

Hugo Pérez Hernáiz dijo...

Juan, esta noche asesino a cinco, por lo menos