martes, 19 de junio de 2007

Historia del Chocolate

No se ni cuándo ni dónde escuché esta historia, pero da igual, voy a contarla.
Bueno, para empezar tampoco se si ocurrió en el siglo XVI o en siglo el XVII, pero digamos que todo pasó en esos tiempos donde los vegetarianos eran perseguidos por la Inquisición, y donde la gente nunca se bañaba y se moría de gripe, o al menos, eso es lo que ocurría en nuestro cochino mundo Occidental. Ahora imaginemos Ciudad de México en aquella época: es muy fácil, sólo hay que quitarle 20 millones de habitantes y unos cuantos edificios. Y ahora, cerca del actual Zócalo, entremos en el desaparecido Convento de la Virgen Delnosequé de Algundolor, con sus hermosos y gruesos muros blancos y su espantosa decoración barroca, y caminemos por sus abandonados pasillos y lleguemos a la inmunda cocina del Convento y descubramos a Sor Amelia, toda llena de grasa, con un cucharón en la mano y con la cara triste.
Resulta que, según algunos historiadores Occidentales, los Aztecas eran medio imbéciles y por eso alguna vez mezclaron cacao y azucar, o cacao y leche, o leche y azucar, pero nunca jamás mezclaron, al mismo tiempo, cacao, leche y azucar. Exacto: en este momento vemos como Sor Amelia, inspirada por la Virgen Delnosequé, realiza la mezcla mágica de estos tres elementos y voilà, acaba de inventar el chocolate que conocemos actualmente. Sor Amelia, que sufre de melancolía y fátiga crónica, prueba el chocolate con su cucharón y siente que algo nuevo, extraño y excitante se apodera de su cuerpo. Sin poder parar de sonreir, corre a contárselo a la Madre Superiora, quien acepta probar el misterioso brebaje. Dos horas más tarde todas las monjas corren y ríen, hacen gimnasia y bailan y cantan el aleluya en el patio del Convento como si estuvieran en un musical de Broadway. Una hora más tarde, Sor Amelia propone compartir el chocolate con la gente del pueblo, y entonces todo el pueblo termina bailando y cantando, esta vez como en una superproducción del cine mexicano de los años 50. Cuatro horas más tarde, el Obispo de México despierta de su siesta y se entera de la inusitada alegría de las monjas y el escándalo de amor y esperanza que han desatado entre la gente. Decide que lo mejor es devolverlas al camino de la infelicidad y escribe al Papa. 


Dos semanas después el Papa responde: por una parte, prohibe terminantemente a las monjas probar el chocolate, y por otra, las obliga a venderlo en la puerta del Convento para engordar las arcas de la Iglesia. Y es así como, una vez más, los vicios de Occidente acababaron con la posibilidad de tener un mundo mejor con chocolate gratuito.

3 comentarios:

Silvia dijo...

Me parece que la Virgen Delnosequé también se le apareció a los suizos y ellos, seres inteligentes, siguieron su inspiración divina. Claro, acá no manda el Papa y por eso la historia no terminó igual...
Me ha encantado Juan Bello, gracias!

Jorge dijo...

Juanito, a ver cuando cuentas la historia del otro chocolate que también tiene cierta inspiración religiosa y es un rato divertida. Un día de estos, si tenemos tiempo, te la cuento.

Un abrazo y ya estás fichado en mi alimentador RSS: te sigo cual perro de caza.

Juan Ignacio dijo...

Pues creo que el chocolate del que hablan los dos se parece mucho...
Abrazote!
Juan