miércoles, 25 de julio de 2007

Alguien tomó esa foto

El hombre, de unos sesenta años, se subió en el metro en la estación Diagonal y lo primero que pude observar fue su perfil izquierdo: naríz con las venas reventadas, mentón pronunciado y boca pequeña, flaco, largo y torcido como una caña de pescar que aguanta un bagre de dos kilos, maletín negro en la mano y ropa lo suficientemente triste e impecable como para sospechar que trabajaba como vendedor o como jefe de un grupo de vendedores. No dejaba de verse en el reflejo de la ventana del vagón y tenía una hermosa calva en la parte superior de su cabeza que limitaba, de forma milimétrica o casi estudiada, con unos cabellos blancos perfectamente peinados sobre la oreja.
Al llegar a Plaza Catalunya se dio la vuelta y entonces pude observar su perfil derecho: recordaba a su otro pérfil, pero esta vez la oreja era menos discreta y no tenía cabellos blancos alrededor, o en otras palabras, que visto desde su perfil derecho el hombre era completamente calvo y su cabeza, que brillaba del otro lado, ahora era opaca y seca como un desierto. Y tampoco parecía un vendedor, más bien, parecía un científico que tiene la certeza de investigar algo que no servirá para nada, ni ahora, ni mañana ni nunca, y que sabe que el fracaso de su investigación es absolutamente necesario para el fracaso de investigaciones que otros harán en el futuro.

El hombre se movió y vi que su mano derecha temblaba ligeramente hasta que sujetó la palanca metálica que abre la puerta del vagón. Estaba de pie junto a mí y como una patada en el estómago sentí decadencia y soledad y como un olor a calendario de papel mojado que me atravezó hasta la naucea. Y creo que hubiera vomitado allí mismo, pero por suerte la puerta se abrió y el hombre salió y desapareció entre el río de gente.

Cuando salí del metro me senté a respirar en un banco e inevitablemente pensé en los disfraces de la muerte, y consideré la posibilidad de que ese hombre fuese la muerte que iba al trabajo y que por algún descuido olvidó ponerse su disfráz completo. Luego pensé en algunas de las posibilidades reales que ofrece Barcelona: ¿la venganza de un barbero después de un rechazo amoroso? ¿Una promesa a la virgen? ¿Un artista desesperado homenajeando a la asimetría? ¿El pago por una apuesta de futbol con su hijo? ¿Un viejo punk que está saliendo del armario? ¿Y si más bien resulta que el hombre era totalmente calvo y el pelo blanco que llevaba sobre la oreja se lo había pegado? ¿Y si su madre lo obligó? ¿Y si sencillamente le gusta andar así por la vida, medio calvo, medio vendedor, medio científico, pero con un maletín, bien vestido y oliendo a mierda? Coño, sentí unas terribles ganas de verlo y de hablarle y también sentí unas terribles ganas de no olerlo nunca más en mi vida. Y me dije que daba igual porque lo difícil, al final, es volver a encontrarlo pues todos sabemos que las ciudades se comen a personas como esa.

Miré alrededor del banco donde estaba sentado y lo único que vi fue a un niñito tomando una foto a una amiguita con su teléfono móvil. Cuando el niño iba por la tercera foto se me reveló una verdad infantil: es cierto que nunca más vería a ese hombre en persona, pero en este mundo donde vivimos nada ocurre sin que un idiota tome una foto que más tarde servirá de epílogo para la historia de otro idiota.

Para bien o para mal, la imaginación y los finales sin sentido son otros desde que existe la fotografía digital.

Alguien ya le tomó una foto a ese hombre y mañana estará en internet.

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