miércoles, 21 de noviembre de 2007

El Dodge Dart de mi madre












Cuando era niño mi madre tenía un Dodge Dart blanco. Mis hermanas y hermanos podrían agregar que después tuvo otro Dodge Dart de color vino tinto, pero lo siento, a mí siempre me gustó más el blanco porque tenía los asientos de color verde trompeta, hechos con ese semi-cuero tan común en los años setenta, y porque fue el primer carro del que tengo un recuerdo que me dura hasta hoy y porque marcó mi vida al identificar a mi madre como una madre piloto de carreras de Fórmula 1.


Es así: recuerdo que cuando acompañaba a mi madre siempre iba de pie y moviéndome dentro del Dodge, porque vamos, ¿para qué íbamos a usar cinturón de seguridad? En los setentas la gente se mataba y punto, y nuestros padres eran irresponsables y los niños éramos libres ante el peligro y no nos amarraban como muñecos ni nos ponían a ver un DVD en medio de la autopista.

Mi hermana y yo nos la pasábamos saltando y jugando y haciendo lo que nos daba la gana mientras mi madre nos gritaba para que nos quedáramos tranquilos. La verdad es que mi recuerdos del Dodge blanco guardan una plenitud difícil de explicar, además porque en mi memoria aparece grande, inmenso, descomunal como todos los carros 8 cilindros que chupaban gasolina felizmente en medio de la locura de la Venezuela Saudita.


Y entonces, recuerdo ir muchas veces por la Avenida de La Cota Mil y pasara lo que pasara, mi madre no excedía jamás los 80 km por hora y mi hermana y yo nos desesperábamos porque veíamos como los carros nos pasaban a toda velocidad, algunos tocando la corneta y otros insultándonos.

Con el tiempo esta situación se transformó en una cuestión de honor, así que mi hermana y yo decidimos tomar cartas en el asunto y creamos un juego en el cual mi madre era piloto de carreras de Fórmula 1. El juego sólo tenía dos reglas: la primera era que siempre, siempre mi madre iba en primer lugar. Y la segunda, pues que todos los carros que la pasaban quedaban descalificados y fuera de la carrera.

Mi mamá, o ganaba o ganaba. Y cada vez que llegábamos a casa, mi hermana y yo saltábamos del Dodge blanco gritando y aplaudiendo porque una vez más mi madre había triunfado en el difícil mundo de la Fórmula 1.

Aaahhh mamá, ¡eres grande!




Confieso que me hubiese
gustado que mi mamá tuviera éste...


4 comentarios:

Jorge dijo...

Un día de estos te haré sentir orgulloso, un día de estos seré capaz de adelantar a tu mamá... Tenemos que conseguir reunirnos en torno a un saco de pistachos de 5 Kg y 5 ó 6 botellas de ron gran reserva. Debería haber algún modo sencillo...

Qué espeso estoy, y telegráfico.

Anónimo dijo...

Mi mamá también tenía un Dodge Dart blanco. Años después tuvo un Chevrolet Monte Carlo, también blanco aunque con techo de vinil rojo. Luego tuvo un Chevrolet Impala, al que llamábamos "la lancha".

Alejandro

Anónimo dijo...

A nosotros nos parecía que mi madre manejaba nuestro Zephir azul muy lento. Desde el asiento trasero nos desesperábamos porque veíamos como nos pasaban los demás carros y le gritábamos "!Más rápido mamá, más rápido!" Entonces mi madre echaba la cabeza hacia atrás, se agarraba duro del volante, estiraba los brasos y hacía ruidos como de motor de fórmula uno "¡RRRUUUUMMM RUUUUM RUMMMMM!", sin acelerar ni un milímetro por hora. A nosotros nos entraba el pánico y gritábamos "!No mamá, por favor, mas lento, que nos vas a matar a todos!". Entonces mi madre "desaceleraba" y todos seguíamos nuestro camino muy felices. Ya crecidos, nunca le hemos reclamado a mi madre su vil engaño.

Hugo

Juan Ignacio dijo...

Jajajaja!! Es que no hay nada como las madres conductoras!!!...