martes, 22 de abril de 2008

Adiós clavo, adiós...

Llevo varios días sin conectarme por la sencilla razón de que necesitaba limpiarme un poco la cabeza. Entretanto, el viernes, volvieron a operarme la mano...

Bajo las luces del quirófano el doctor Fernández luchaba con una especie de alicate para sacarme el clavo de la mano. La tenía anestesiada, claro, pero igual me dolían los dedos por culpa del forcejeo.

- Juancito, creo que no te lo puedo sacar. ¿Quieres que te deje el clavo en la mano? – Escuché que decía el doctor.
- Sí, por favor, ¡déjamelo!… - respondí casi gritando.
- ¡Qué no! ¡Qué es broma!... Oye Alberto, ponle a Juancito un chupito de Propofol…

Alberto era el anestesiólogo, que en lugar de llevar el típico gorro verde de traje de quirófano, llevaba un gorro de colores con piñas y palmeras estampadas.

- A ver Juancito…

Me puso el Propofol por la vena y de pronto todo se apagó y sentí que me arropaba un sueño de bienestar y calma. No sé cuanto estuve dormido, pero al abrir los ojos todo se había terminado y volví a ver a Alberto, al doctor y a la enfermera sonriéndome. Es difícil de explicar, pero en ese momento sentí una alegría incontrolable y comencé a hablar, riendo de vez en cuando y de modo extraño pero con la mente totalmente lúcida.

- Coño Alberto, ¿por qué tienes ese gorro tan feo?
- Es que con la serie House estos gorros se han puesto se moda, y bueno, siempre con el gorro verde es un poco aburrido, así que aprovecho para variar un poco…
- ¿Y te gusta House?
- Pues la verdad es que no. Los casos son muy exagerados y el modo cómo aplican los fármacos no se lo cree ni su abuela.
- Oye… ¿Qué es lo que me diste?
- Propofol…
- Pana, ¡pero es buenísimo!
- Sí, después de aplicarlo los pacientes se despiertan eufóricos…
- ¿Eufóricos? Cabrón, yo tengo ganas de irme de fiesta… ¿Por qué no le ponen esto a la comida en lugar de tanto conservante de mierda?
- Bueno es que…
- Y oye, ¿dónde está el clavo que me quitaron?

Me dieron el clavo y me quedé impresionadísimo al descubrir su tamaño (ver foto). Automáticamente empecé a reir como un loco y me pasaron a una camilla en la que me llevaron a la sala de recuperación. Allí estuve un rato riéndome con la enfermeras y con los otros pacientes sin preocuparme de mi mano recién operada. Cuando salí, la pobre Marie me miró y no entendía nada…

- ¿Pero estás bien? ¿Seguro que no te duele?
- Ahora no, mi amor. No te preocupes y aprovechemos los efectos del Propofol…
- ¿El Propoqué?...

Y sin responderle la besé largamente junto a las escaleras del pasillo del hospital, como en una hermosa escena de película de bajo presupuesto donde los extras, vestidos de médicos, enfermeras y gente común, pasaban caminando junto a nosotros murmurando: - Yo también quiero Propofol…

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