jueves, 3 de abril de 2008

El último asiento

A sus 78 años Benigno seguía con la costumbre de sentarse en el último asiento del autobús. Y aquel día no había terminado de acomodar el culo cuando sintió un intenso dolor en el brazo y en el pecho, y una explosión de nausea y la sensación de que se desvanecía como una mancha de tinta en una publicidad de detergente. Obviamente sufría un infarto. Así que Benigno gritó con todas sus fuerzas socorro, auxilio, ayuda y otras palabras incomprensibles que las personas que estaban dos asientos más adelante, al igual que las otras 17 personas que viajaban en el autobús, no escucharon. Benigno quedó torcido, con la cabeza apoyada en el respaldo del asiento delantero y se dejó morir atrapado por la seguridad de que se había convertido en mudo.

Benigno había sobrevivido a la Guerra Civil, a las cartas de racionamiento, al trabajo en una fábrica de cemento, al paro, a la humillación, a la neumonía, al desalojo, a la policía, a la peritonitis, al abandono y al alcoholismo. Pero no pudo sobrevivir a un autobús de Barcelona en 2008, donde todos viajan con los auriculares puestos y con la música a todo volumen para ponerle banda sonora a sus vidas.


Cinco minutos después, su cadáver fue descubierto por el héroe tardío de esta historia: Albert, un sordo que llevaba auriculares para no sentirse excluido y que desde ese día, impresionado por la muerte de Benigno, decidió ir siempre con unas tijeras para cortar los cables de cuanto auricular se topara por ahí.

Y ahora la gente que viaja en los autobuses de Barcelona siente temor de que alguien les corte el cable y los obligue a hablar o a escuchar la realidad. Se miran unos a otros, desconfiados, controlando el volumen de sus i-pods porque todos conocen al amigo de un amigo que ya se ha quedado tres veces sin auriculares y que fue presa de un ataque de nervios al no poder soportar el vacío y el horror... El horror... El horror...

Pero bueno, todo es cuestión de esperar a que se desarrollen auriculares inalámbricos lo suficientemente baratos para que esta historia caduque y, al mismo tiempo, empiece a repetirse en otro lugar con alguna nueva e insospechada variante tecnológica. Así, hasta el final de los tiempos...

¡Qué fácil es incomunicarse!


4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias a Hugo llegué a tu blog y así como otra por ahí, debo confesarme tu admirador oculto. Lo mantuve en secreto mientras pude, porque después de este escrito, necesariamente, tengo que salir del closet de los admiradores de los escritos de Juan Ignacio.

Muy a pesar de tu dolor (y de pana que espero que mejores pronto) sentí mucha emoción de ver de nuevo a la mano enyesada de Juan, transmutada ahora por su estadía en el más allá en mano vendada y con sólido espíritu de metal.

En fin, y a riesgo de sonar cursi, tus escritos me inspiran. Ahora busco a la berenjena catalana a ver si se esconde en Toronto y cada vez que paso frente a una estatua que representa a unos hombres en posición de firmes me imagino que es la respuesta al homenaje al desodorante que encontraste en Barcelona. En resumen, gracias.

El menta

Juan Ignacio dijo...

Menta,

¡Gracias a ti! Yo también te he leído a través del blog de Hugo y me encanta como escribes. Y si las tonterías que pongo aquí te inspiran,pues entonces, realmente son las mejores tonterías que he podido escribir y de verdad que me hace feliz que me digas eso.
Y porfa: tómale una foto a esas estatuas y móntala en tu blog, y si ves una berenjena que te parezca sospechosa, anota su dirección y envíamela. Ya ves, metido aquí con la berenjena catalana y quizás exista una berenjena canadiense que no conocemos...

¡Abrazo inmenso!

Juan

Rodolfo Alejandro Ponce dijo...

Mi blog es una pendejada, en el sentido de que es un rincón lúdico pseudo-intelectual, pero pronto espero escribir cosillas como esta. Especialmente porque con la nueva materia obligatoria "Servicio Comunitario" 120 horas que si no cumples no te gradúas de la universidad, he tenido la oportunidad de captar realidades como esta. Felicitaciones, a mí también me inspiras. (si soy copioneto jeje)

Rodolfo
www.filosofiadecamionetica.blogspot.com

Juan Ignacio dijo...

Rodolfo:

Pues la verdad es que todos los blogs que me gustan son una pendejada, y claro, me gusta contribuir poniendo mi granito de arena pendejo. Lo bueno es que si resulta ser una pendejada terapeútica, entonces se convierte en una pendejada a la que te gusta volver contento y ya ves, uno hasta termina comunicándose.
No viví las "120 horas de trabajo comunitario", pero sí viví la recluta, y un par de veces tuve que correr con unos Guardia Nacionales pisándome los talones. Como éramos muchos los que corríamos (los cabrones se ponían a las salidas del Metro y era difícil escapar), nos hacíamos "ayuda comunitaria" para evadirlos. No había salida: a alguien siempre lo atrapaban para que los otros pudieran escapar. Y luego, desde lejos y muy cagados, los veíamos dentro del autobús de la Guardia que los llevabaría a Fuerte Tiuna. Eran "héroes comunitarios". Verdaderos héroes anónimos...

¡Y un abrazo y gracias!

Juan