viernes, 30 de mayo de 2008

Abuelita

Hoy es uno de esos días en los que quisiera tener a mano los volúmenes de Ensayos de Montaigne y releerme “De cómo el filosofar es aprender a morir”. De poder hacerlo, en nada cambiaría mi estado emocional, es cierto, pero al menos sentiría que no es tan absurdo querer estar en algún lugar y al mismo tiempo sentir que estoy sin estar allí, con mi familia.

Mi Abuelita murió anteayer, a los 98 años, después de una larga convalecencia de dos años y medio en una cama. Lo de sus 98 años es quizás una tontería que ahora me hace sonreír, porque si bien nació en 1909, una equivocación burocrática hizo que en su cédula de identidad apareciera otra fecha, 1913, y eso es algo que siempre fue para ella un gran motivo de alegría. Viuda y con tres hijos a los treinta y tantos, no sólo levantó ella sola una familia y una casa entera trabajando sin parar en el Ministerio de Obras Públicas, sino que luego se ocupó de criar a 10 nietos como si fuera la cosa más normal del mundo. Yo fui uno de esos nietos, y la vi usar y gastar, en un balanceo imposible de explicar, 4 mecedoras a lo largo de 32 años. Cuando yo volvía del jardín de infancia, cuando yo volvía del colegio y luego de la universidad y más tarde del trabajo, me la encontraba felizmente atrapada en aquel vaivén de su mecedora: era el momento, ya había terminado de hacerlo todo o esperaba que se terminara de cocinar su sopa de pollo. Porque cada día de su vida se preparaba una sopa de pollo, y recuerdo que mi hermano Roberto, ingeniero al fin, calculó un día la cantidad de pollos y por tanto, la cantidad de gallineros que la Abuelita se había comido y ella se estuvo riendo porque le pareció que nadie, en su sano juicio, podía haber comido tanto pollo sin caer enfermo.

Siempre he sabido que la verdadera energía que nos mueve proviene de personas como ella, sobre todo, porque tienen el extraño don de transmitirla sin esperar nada a cambio. Excepto, claro está, que le dejaran la televisión libre a las 9 de la noche para ver la telenovela brasileña. Junto a ella me tragué cientos de capítulos de “La esclava Isaura”, “Roque Santeiro”, “Pantanal” y no sé cuántas telenovelas más, y era muy divertido porque insultaba al televisor, hablaba mal de los personajes, discutía con mi tío Eduardo sobre las tramas y siempre trataba de avisarle a la pobre protagonista de que el galán la estaba engañando. Luego se iba a su habitación y se pasaba una, dos o tres horas rezando, y si te acercabas a su puerta escuchabas el murmullo de su diálogo interminable con Dios, la Virgen y las Ánimas benditas. Siempre tuvo mucha fe, tanta, que nunca cometió la estupidez de ir a la iglesia o de perder su tiempo con los curas. Lo suyo era el contacto directo, tanto con el cielo como con la tierra.

En realidad nunca sabré cuando ocurrió la transformación, pero de un modo natural, como decía ella, un día la Abuelita dejó de llamarse Rosa y se convirtió en la Abuelita. Con esto quiero decir que todos los que alguna vez fueron a mi casa, familia, amigos, vecinos, conocidos, plomeros, electricistas, veterinarios, médicos o lo que fuese, se encontraron con la misma situación: una mujer pequeña, dulce y decidida que al presentarse se hacía llamar la Abuelita. Hablaba con todos como si los conociera de toda la vida, y de ella aprendí un truco de detective: si quieres conocer la historia de alguien, empieza tú por contar una historia. Y también me enseñó a coser, a planchar, a barrer, a cocinar arroz, a escribir "paralelepípedo", a escuchar la radio, a poner inyecciones, a cuidar las plantas, a decir la verdad aunque quedase como un imbécil y a reírme de la vida, porque “lo que pasa, es lo mejor”. Además, me enseñó a comer, y esa es la razón por la cual, a pesar de ser derecho, uso los cubiertos como zurdo.

En febrero de 2007 fue la última vez que la vi, y tuve la suerte de que una tarde me reconociera pues su cerebro, desde hacía rato, se había trasladado a sus años de infancia. Pude presentarle a Marie, nos dijo “Dios los bendiga” y luego me preguntó:
- Juan, ¿y dónde están viviendo?
- En España.
- Ah… Están en España.
- Sí, Abuelita…
- Y mira, ¿allá tienen microondas?

La Abuelita vivió casi todo el siglo XX: de niña pasó días comiendo mangos, en el desayuno, en el almuerzo y en la cena, “porque no había nada más que comer en Caracas”; la Segunda Guerra Mundial fue algo que “ocurrió muy lejos, dentro de los aparatos de radio”; vio por televisión al hombre llegar a la Luna, y claro, “en aquella época la Luna era en blanco y negro”; vivió golpes de estado, toques de queda, dictaduras e intentos democráticos; Fidel Castro le parecía buenmozo, pero siempre prefirió a Carlos Gardel; vivió la democracia en un país que se hizo rico y que luego se convirtió en una ruina en construcción, y vivió con una pensión de jubilación con la que apenas podía pagarse las medicinas y nunca, nunca perdió el sentido del humor. Y yo, de idiota, traté cinco veces de explicarle lo que era Internet y como ella no lograba entender o yo no sabía explicar lo que era, un día me dijo:

- Juan, con el microondas ya tengo bastante.

Abuelita: ¡gracias!

Y Mamá, Tiopa y Morella: ¡gracias por haberla cuidado tanto!


8 comentarios:

Jose dijo...

Juan Ignacio, lo siento mucho. Ire me escribió y me puse muy triste con la noticia. Ya hablé con ella. Aún me falta tu mamá. Ya la llamo.

Un abrazo. Uno grande.


Jose

bollito dijo...

bello como todo lo que escribes! gracias hermano..

Rodolfo Alejandro Ponce dijo...

Estimado Juan Ignacio. Al igual que a ti, la memoria de mi abuela se me hace monumental. Además, yo era su nieto preferido y me dicen que me trató mejor que a todos sus hijos. La afinidad con ella me vino por lo místico, lo poeta y por el zodíaco (libra ambos) Ella sí entendía de internet hasta que nos dejó a sus 86 años, en 2006.

Perdona lo tarde de mi respuesta, pero apenas hace unas semanas fue cuando presenté tesis. Fue dura especialmente ahí la ausencia de mi abuela, pero la llevé en el calor de su ejemplo muy adentro mi corazón.

Aprovecho para desear que tu mano haya recuperado el orden y se haya plegado a tu jerarquía, llevando consigo todo el conocimiento y la buena tinta que mostró durante su breve independencia.

Retomando: estoy seguro que mi abuela Helena hubiese querido que compartiera estos versos de ella contigo (por favor, si les gusta no se lo plagien, cítenlo todo lo que quieran)Aunque es un desperdicio que el espacio trunque las líneas, pero bueno. Aquí os lo dejo con un gran abrazo y mi eterno cariño y respeto a ti y a la memoria de ese gran Baobat que fue tu abuela (que a lo mejor ya es compinche de la mía allá arriba):

ALLÍ

Acaso ahora estés más allá de las estrellas
o por encima de ellas...
En donde solo Dios te pueda ver,
allí -tal vez- te has ido a guarecer.

En donde los luceros dejan de titilar
y la luna es tan solo un hermoso cristal,
y no hace falta el sol, pues no hay penumbra,
ya que el rostro de Dios todo lo alumbra.

Donde el viento feliz finaliza su ronda,
donde las nubes son de tul y blonda,
donde se observa al mundo tan distante
cual pequeño lucero vacilante.

Donde todo es amor, paz y armonía
y el murmullo del río es suave melodía,
donde el mar se detiene en dulce calma
para besar los pies del "Pescador del Alma".

Allí donde la brisa tiene manos de seda
y susurra amorosa con una voz muy queda,
donde se habrá curado tu herida,
allí: donde comienza la verdadera vida...

HELENA CALDERÓN DE PONCE
CARACAS, 1977

Rodolfo Alejandro Ponce
www.filosofiadecamionetica.blogspot.com

CARAMELO dijo...

Juan, este post, me llego al corazon, mi yaya tiene 93 años, se fue a venezuela y dejo en barcelona a su marido y a sus 2 hijos por dos años, todo para encontrar una vida mejor, ahora tiene 93 años, esta super lucida y no la veo desde septiembre del 2005. Me asusta no volverla a ver, ella es tan maravillosa, me ha enseñado tantas cosas que es imposible comentarlo, a veces siento que es eterna y cuando suena el telefono en la madrugada siempre siento que algo malo le esta pasando, soy la mayor de sus nietos y eso me hce sentir especial...siento mucho lo de tu abuelita, pero la muerte es lo que todos estamos esperando y por lo que cuentas tú abuelita estaba clara que era especial para un monton de gente, asi que desde donde este, te esta mirando con una sonrisa

Anónimo dijo...

Juan lo siento muchísimo. Me acabo de enterar cuando abrí tu blog. Quería leerte porque estaba un poco deprimido por la muerte de Eugenio Montejo y ahora me encuentro con esta desagradable noticia.

Choza

Juan Ignacio dijo...

José, Ire, Rodolfo, Caramelo, Choza... ¡Gracias a todos! Estos días ando un poco perdido y sin muchas ganas de escribir. Las cosas se digieren poco a poco, pero es muy bueno que los amigos te pasen un vaso de agua, como estas líneas que me han escrito, para tragar mejor...

¡De verdad gracias!

Juan Ignacio

Ricardo dijo...

querido juan
Un gran abrazo para ti y los tuyos. No sabía nada. El constante buen humor sin aspavientos de tu abuela, del salón a la cocina en tu casa de san bernardino, era verdaderamente proverbial. Ojalá nos lo deje a todos de herencia.

ALEJANDRO PEREZ MELENDEZ dijo...

Juan, un abrazo fuerte (de nosotros tres).