sábado, 20 de septiembre de 2008

Ardillita, ardillita mía en el idioma de ese otro país

- Juan, me gustaría que apagaras la grabadora.

- Claro – dije a la vez que introducía mi mano en el denso humo que cubría la mesa. Le di al stop de la grabadora y tanteé hasta que pude tomar un cigarrillo casi completo que se había apagado mientras descansaba en el cenicero. Al verlo sentí que estaba frente a algo realmente inexplicable, algo que sin duda marcaba el inicio de una espantosa confesión. Lo encendí y dije:

- ¿Sabes que dicen por ahí que le ponen una sustancia al papel de los cigarrillos para que no se apaguen? Así se consumen más rápido y dicen que es una de las razones por las que supuestamente uno fuma más. ¿Te das cuenta de que es muy extraño que este cigarrillo se haya apagado?

- Vamos Juan…

- Bien. Eso es lo que quería oír. Cuéntame…

- Pues dicen que todo empezó en un bar cerca de ese parque de atracciones...

- ¿Cuál? ¿El parque de atracciones donde...?

- Sí… El mismo. Dicen que llegué justo antes del verano y que no me quedaba dinero. Y la cosa es que dicen que si no encontraba un trabajo tendría que dormir en la calle, y entonces, me da vergüenza, pero yo era tan joven y tan ingenua que todavía podía enamorarme de un hombre guapo, seguro de sí mismo, con la espalda derecha y que mira a los ojos, sensible pero con sonrisa pícara, algo desaliñado y con un irresistible olor a macho, tímido como un joven actor pero capaz de escucharme y, sobre todo, capaz de darme respuestas sensatas utilizando frases cortas con punto y seguido...

- No exageres.

- Óyeme bien: dicen que es verdad y también dicen que aquel hombre me ofreció un trabajo en el parque de atracciones.

- Y claro, tú…

- Yo estaba enamorada y no tenía cigarrillos, y dicen que tonteamos un buen rato hasta que él terminó de beber su agua mineral, sonrió y me dijo: Veo que no fumas. Me gusta la gente como tú. ¿Sabes? Creo que puedo ayudarte a encontrar un trabajo en el parque de atracciones. Yo escuché sus palabras y quedé profundamente conmovida, y obviamente después dicen que me lavé la cara en el baño del bar y al verme en el espejo me pregunté: ¿Por qué no? Tendré trabajo, casa, comida y dinero para cigarrillos que fumaré a escondidas…

- Voy a encender la grabadora.

- No, no la encenderás porque dicen que fui al entrenamiento con él y que cuando el instructor del parque de atracciones nos vio juntos lo primero que dijo fue: Ustedes son la pareja que yo estaba esperando... Y dicen que cumplimos con el entrenamiento como unos profesionales, y entonces el entrenador nos entregó los disfraces y yo no podía creer…

- Al grano.

- Bueno, dicen que nos pusimos los disfraces de las dos ardillas simpaticonas…

- ¿Las ardillas o las ardillitas?

- Las ardillitas, claro, las de toda la vida. Y entonces, dicen que los dos salimos al parque vestidos de ardillitas gigantes para que los niños turistas se tomaran fotos con nosotros… Y dicen que todavía lo recuerdo como uno de los momentos más romántico que he vivido: juntos los dos, cogidos de la mano, observándonos con esos grandes ojos de plástico, llenos de amor con esa inmensa sonrisa…

- Vale. ¿Y qué paso?

- Dicen que al principio todo fue increíble. Fue como untar crema de cacahuetes con trozos de nuez y avellana sobre un pan de…

- Ahórrate el lirismo.

- Pues coño, dicen que el problema surgió con la aparición del ratón vestido de frac…

- No. ¿El famoso ratón que…?

- Exacto. Llegó con sus tres guardaespaldas, unos tipos que iban en plan undercover, disfrazados de turistas y con micrófonos escondidos en las orejas, porque no me digas que no sabes que todos dicen que el ratón necesita protección…

- No me jodas…

- Y dicen que llegó un autobús lleno de niños turistas provenientes de ese país…

- De ese país que parece que…

- Sí, y que también parece lo otro si resulta que nunca te has leído la historia de ese país. Pero bueno, el punto es que todo ocurrió muy rápido. Dicen que veinte o treinta niños turistas salieron corriendo del autobús y trataron de lanzarse encima del ratón vestido de frac. Y entonces dicen que sus guardaespaldas eran expertos en aikido y usaron la propia fuerza de los niños en su contra y los inutilizaron antes de que tocaran al ratón…

- ¿Y tú que hiciste?

- Dicen que me quedé viendo la escena tan impresionada que no me di cuenta de que varios de esos niños turistas se nos acercaban por la espalda. Dicen que saltaron sobre nosotros y que luego apenas pudimos ver a dos niños turistas que vinieron corriendo a toda velocidad y que terminaron estrellando sus cabezas contra nuestros estómagos.

- ¿Tenían navajas?

- Algo peor: el ratón los había rechazado y dicen que estaban histéricos y que querían una foto de grupo donde todos aparecieran acostados sobre nosotros. Y luego, dicen que un niño turista gordito se sentó sobre mi pecho y empezó a golpear mi cara de ardillita como si fuera una pera de boxeo.

- ¿Y los guardaespaldas del ratón no los ayudaron?

- No, estaban ocupados evacuando al ratón en helicóptero. Era una situación desesperante y dicen que con ese niño sentado en el pecho, la asfixia comenzó a apoderarse de todo mi cuerpo y que de pronto sentí una terribles, insoportables ganas de fumarme un cigarrillo. Porque dicen que siempre he dicho que quiero fumarme un cigarrillo antes de morir, y por eso, dicen que saqué fuerzas de donde no las tenía y entonces le metí un derechazo al niño turista gordito y a partir de ahí, a patada y puñetazo limpio, me fui quitando de encima a todos esos malditos niños turistas…

- ¿Y que pasaba con la otra ardillita que estaba contigo?

- ¡No me lo recuerdes! Dicen que la única solución que hallé para escapar fue lanzar a todos los niños sobre él y correr…

- Y dejaste otra ardillita mártir que nadie recordará...

- Y también dicen que corrí como loca hasta que pude disfrazar mi disfraz de ardillita con una gabardina y una gorra de béisbol y escapé del parque de atracciones en el autobús de las 11. Y dicen que fue como a las 11 y media que conseguí, mendigando en una estación de gasolina, que un camionero de ese otro país me regalara un cigarrillo.

- Los camioneros de ese otro país me caen bien. Siempre regalan cigarrillos.

- Y dicen que el camionero de ese otro país se apiadó de mí y me quitó la cabeza del disfraz porque ahora me estaba asfixiando con el humo. Y dicen que cuando vio mi rostro se le iluminó la mirada y tiernamente me besó en los labios y me llamó ardillita, ardillita mía, en el idioma de ese otro país...

- ¿De verdad te llamó ardillita, ardillita mía en el idioma de ese otro país?

- Sí, Juan. Es tan bello que sientes que algo impronunciable atraviesa tu alma... Y después dicen que al quitarme todo el disfraz hacía mucho frío y yo estaba bañada en sudor, vestida sólo con mi ropa interior y con los pezones tan duros como una tabla, con la tanga completamente húmeda y con las uñas de los pies mal pintadas, y entonces dicen que él se quitó su chaqueta y me la dió, y dicen que yo me subí a su camión y nos fuimos juntos, fumando como locos, cruzando campos, montañas y costas hasta llegar al país grandote que queda más allá de ese otro país.

- Y allá…

- Pues allá es cuando dicen que ahora puedes volver a encender la grabadora.




1 comentario:

omar sanz dijo...

me gustó esta fábula Juan.. no pares, de hablar, amigo. abraaazo!