lunes, 22 de septiembre de 2008

La nostalgia como pan con mantequilla

No tienes nada y es como tenerlo todo, o tal vez, es que tienes algo y de pronto no tienes nada, o más bien, resulta que simplemente tienes nostalgia.

Es tan simple como moverte o caminar. Cada paso tiene nostalgia, cada trago de café, las nubes, los espaguetis a la boloñesa, las calles que se encuentran, el sonido de los aviones, las clases de swing, los días bonitos, Marie asomada al balcón mojando su mano en la lluvia, los libros desordenados, las voces de todos tus amigos, la impresora escupiendo un papel, un juego de ajedrez, un niño con un zapato en la mano y las mujeres que, a pesar de la llegada de frío, siguen montando bicicleta en falda mientras entonan un canto a la libertad y obviamente, a la nostalgia. El mundo entero se mueve en la nostalgia, una nostalgia que se toca sin dejar de ser invisible, una nostalgia como los ojos de un conductor de ambulancia perdido en una ciudad que no conoce.

Estoy nostálgico y mientras escribo esto no recuerdo nada ni extraño nada y tampoco nada me falta. Pero coño, estoy nostálgico.

Ayer cumplí siete años desde que llegué a Barcelona. Ayer fui al cumpleaños de mi amigo Jan y la pasé increíble. Y ayer hablé con mi padre y le dije que no podré ir en diciembre a visitarlo porque no tengo dinero para pagarme un billete tan caro, pero que tranquilo papá, que iré cuanto antes porque quiero estar contigo y hablar de un montón de cosas. Y mi padre me respondió: - Juan, a mí me quedan dos años de vida. Así que vénganse en Semana Santa o cuando quieran. Y yo, con el teléfono en la mano sonreí, porque en mi familia es tan locos que hasta saben cuando se van a morir.

Es verdad: el tío Luís siempre dijo que no llegaría a los 60 años, y se murió a los 59 después de tantos y tantos infartos que al final era una tradición familiar no ir a la clínica, porque Luís siempre se iba al día siguiente, echando chistes y cagado de risa. Y también mi perro Milú tenía que morirse un sábado y esperó hasta el domingo a que yo llegara para morir en mis brazos y estirar, realmente, una sola pata. Y si les parece raro que ponga en un mismo saco a mi padre, al tío Luís y a mi perro Milú, que sepan que mi perro, al menos para mí, siempre fue uno más de nuestra familia. Y sé que el tío Luís me entiende porque era humorista y también sé que mi padre me entiende porque es ornitólogo.

Pero el punto, a fin de cuentas, es que ahora sé que volveré a ver a mi padre.

Coño, sólo existe el presente.



No hay comentarios.: