viernes 8 de agosto de 2008

¡Felices vacaciones!
























Javier Solis - Sombras

De la película Los Tres Salvajes (1965)




jueves 7 de agosto de 2008

En todas partes...

Esta mañana iba en el metro concentrado en el rostro dormido de una señora. Era como estar frente a un circuito cerrado: se despertaba con un pequeño sobresalto, luego sonreía, después decía algo inaudible y volvía a dormirse. Una y otra vez, y lo extraño es que nunca abría los ojos. Quizás pensaba que estaba aún en su cama o en un jacuzzi o bueno, quién sabe…

En la estación Poble Sec se sentó junto a ella una chica de unos veintitantos, delgada y con cintura de guitarrón mexicano, manos y pies muy grandes y ojos pequeños tras la típicas gafas de pasta catalana. La chica sacó El Principito y se puso a leerlo con aire ausente. A mi lado iban sentadas dos amigas, y digo amigas por la sencilla razón de que iban vestidas exactamente igual, con la misma cartera, los mismos zapatos ochentosos y con un peinado de esos que causan arrepentimiento ajeno. Escuché que decían:
- Mírala a ésta, leyendo El Principito.
- Ay, pobre, va de sensible…
- Sensible no. Exhibicionista.

Las dos amigas rieron y por un momento me quedé descolocado por su comentario. Luego, sin querer, pensé que a lo largo de mi vida he escuchado la frase “El Principito es mi libro favorito” tantas veces como “los ojos son el espejo del alma” o "mi jefe es un hijo de puta". ¿Y qué? – me dije. Es un buen libro que tiene la virtud de gustarle a todo el mundo y que no te define ni te encierra dentro nada. Es decir, puedes ser niño malcriado, adulto alienado o anciano quejón, puedes ser anarco-sindicalista, artista urbano o pequeño burgués y adorar El Principito. Puedes amar a Bush, a Fidel Castro, a Sarkozy, al Dalai Lama o a Britney Spears y tener El Principito sobre tu mesa de noche. Y sin embargo, me sorprende que un libro tan lindo, tan buenista y tan políticamente correcto haga que acusen a alguien de exhibicionista. ¿No debería pasar desapercibido justamente por lo normal que es? Aunque… Un momento: ¿me atrevería yo a ponerme a leer El Principito en el metro sin sentirme ridículo y observado? Y entonces, ¿ahora resulta que soy más estúpido que las dos estúpidas que ríen a mi lado?

Y vuelvo a mirar a la chica que lee y pienso que es posible que esté leyendo El Principito por primera vez. Me doy cuenta de que no recuerdo cuándo leí ese libro por primera vez, más bien, lo que recuerdo es que me lo regaló mi hermana y que yo tendría unos 10 años, o quizás 11… Un momento: recuerdo que yo le regalé El Principito a una novia que tuve a los 17 años… Y recuerdo a familiares, amigos y amigas regalándose El Principito unos a otros a lo largo de los años… De acuerdo, es un libro fácil de leer - aunque difícil de entender a profundidad-, corto y barato, pero coño, la verdad es que lo recuerdo en todas partes. Sí, recuerdo haberlo visto en casi todas las bibliotecas de la gente que conozco y vamos, hasta recuerdo haberlo visto tatuado en el culo de una chica en una playa en Sicilia… Mierda.

Alzo los ojos y ahora vuelvo a mirar a la señora dormida que está completando otra vez su circuito: se despierta con un pequeño sobresalto y ahora le toca sonreír. A su lado está la chica que lee y que en un gesto mágico, sonríe a la misma vez que la señora. Durante un largo instante las veo a las dos sonreír, una junto a la otra y sin enterarse. Y la escena es tan hermosa y posee una sincronía tan delicada que sólo puedo abrir la boca como un tonto.

Que a cada quien le toque su Principito. Al final, siento que en mi caso Saint-Exupery lo escribió sólo para que viera esto.

miércoles 6 de agosto de 2008

Robin...