martes, 15 de junio de 2010

El entrenador



- Hola, bom dia. ¿Vosé es el Señor Fargassa? ¿Vosé está buscaindo un entrenadoor de fúuutbol para su filho? – Dije sentado frente a las páginas abiertas de los anuncios clasificados. Del otro lado de la línea, alguien tosió.

- Sí, soy yo. – La voz luchaba contra la tos.- ¿Y quién es usted?

- Eu me llamu Joao y me interesa su anuuuncio. Eu he jugado en el club Flamingo, en segunda divisiooón. Eu puedo entrenar a su filho.

- Pues pago cincuenta euros la hora. Venga a la 18:30. Anote la dirección…


Llegué a hora exacta y casi meto la pata cuando empecé a hablar sin usar mi falso y patético acento brasileño. Por suerte, me corregí a tiempo usando algunas palabras que le escuché decir a un brasileño en el último despacho de arquitectos del que me habían echado. El señor Fargassa era un hombre de unos setenta años, desteñido y flaco como un vestido olvidado para siempre en el deposito de una tintorería. Sin mirarme a los ojos me cogió el hombro y lo apretó con fuerza.


- Cállate. Simplemente, cállate. Mi hijo llegará de un momento a otro y tengo algo que decirte Joao: Arnau es un buen chico y le gusta jugar al fútbol con los chavales del barrio. Pero, como Arnau es un poco especial, a los chavales del barrio no les gusta jugar con él… Por eso, tú jugarás al fútbol, les quitarás la pelota a los chavales y siempre se la pasarás a Arnau. Eso es todo. Ese es tu trabajo. Siempre le pasarás la pelota a Arnau. ¿Entendido? ¡Y sólo te pagaré si Arnau mete un gol!... Ahora, entra y vamos a esperarlo.


Crucé la puerta y vi un gran salón que se unía a una pequeña cocina y donde las alfombras, las sillas, las mesas, los manteles, los platos, los cubiertos, los vasos, la jarra, el florero, el vino, las estanterías, los libros, la nevera, los fogones, las ollas, los utensilios, el reloj de pared, los cuadros, las cortinas, el sofá, el televisor, la silla mecedora, las lámparas y todos los adornos tenían los colores y el escudo del Barça. Entonces, oí un ruido a mis espaldas y me giré asustado. En el umbral me topé con la figura de un hombre regordete y medio calvo de unos cuarenta años, que con una mano se aflojaba la corbata y con la otra, desesperado, se arrancaba los botones de la camisa para mostrarme orgulloso la camiseta del Barça que llevaba debajo.


Minutos más tarde llegamos a un descampado donde los chavales del barrio habían improvisado un campo de fútbol. Arnau saltaba emocionado vestido de pies a cabeza con la equipación oficial del Barça. Los chavales me miraron y el cabecilla, un niño de unos doce años, moreno y con una ortodoncia lamentable, cogió la pelota y me gritó:

- ¡Si Arnau juega, nosotros nos vamos!


Me acerqué al chaval y lo aparté del resto: unos cinco niños que se ocuparon de recoger palos y piedras para atacarme de ser necesario.


- Oye chavaaal, eu te doy un euro si nos dejas jugaaar...

- Diez. Me darás diez. Y tú no eres brasileño. – Respondió con rabia a la vez que se arreglaba el flequillo innecesariamente.

- Cinco o nada. – Repliqué sonrojado y casi sin abrir los labios.

- Vale, bra-si-leeee-ño... Ya verás que con Arnau no se puede jugar.


Necesitaba los cincuenta euros que el viejo iba a pagarme, aunque ahora sólo fueran cuarenta y cinco. Me sentí miserable y, maldita sea, recordando el día en que recibí mi primer sueldo de arquitecto, deslicé el billete de mis últimos cinco euros en la mano del chaval. Caminamos hasta el centro del campo, armamos los equipos sin prestar atención a las protestas de los otros niños y puse a Arnau de delantero centro.


El partido comenzó y no tardé en descubrir que algo no funcionaba. A Arnau no le interesaban las pelotas que yo le pasaba, e incluso, no parecía interesarle jugar al fútbol. Más bien, sólo le importaba que se siguieran las reglas del juego y por eso, a cada rato detenía las jugadas porque dictaminaba que había falta o fuera de juego. Sólo existe alguien más antipático que un árbitro, y es un árbitro encubierto y sin silbato. Jugar con Arnau era imposible y media hora más tarde, comencé a entender que el viejo me había tendido una trampa. Nunca cobraría mis cuarenta y cinco euros porque Arnau nunca metería un gol. Iba a marcharme a casa y dar todo por perdido cuando un niño le hizo una providencial zancadilla a Arnau dentro del área.


Todos tuvieron que aceptar que era penalti. Arnau sacó un centímetro de sastre, midió el área y ceremoniosamente colocó la pelota. Se alejó cinco pasos, se persignó, tomó carrerilla y chutó. La pelota pasó volando sobre la portería y entonces Arnau vino corriendo hasta mí, me abrazó y se puso a llorar. Un rato más tarde, después de que había logrado calmarlo, yo ya sabía lo que tenía que hacer.


Pedí tiempo, llamé de nuevo al cabecilla y nos apartamos de todos los jugadores.


- Oye chaval, necesito que cada vez que Arnau pise el área de la portería, uno de tus jugadores le haga falta.

- Eso podríamos hacerlo gratis. Pero como eres bra-si-leee-ño, vas a tener que pagar…

- ¿Te va bien una camiseta oficial del Barça?


Los ojos del chaval crecieron como dos paelleras que compiten por el premio de la paella más grande del mundo. Así que cinco minutos más tarde, Arnau fue atacado a patadas por tres jugadores frente a la portería. Penalti clarísimo. Arnau volvió a fallar. Después hubo llanto, calma y volver a jugar. Y luego hubo pisotones, cabezazos, zancadillas, patadas en las espinillas, en el estómago y en los cojones. Al noveno intento, Arnau metió gol.


¡Goooooooooo Arnau cayó de rodillas y alzó los brazos al cielo oooooooooooooooo y corrió dando saltos como un loco ooooooooooooooo y se quitó la camiseta y la lanzó a un publico imaginario oooooooooooooo y salió del campo oooooooooooo y yo me fui siguiéndolo oooooooooooooooo y llegamos a su edificio oooooooooooooo y subió las escaleras y abrió la puerta y abrazó a su padre y le grito al oído oooooooooooooooool!


Yo me sentía en la gloria y esperaba las gracias, mis cuarenta y cinco euros y una bonificación, pero Arnau comenzó a gritar y a correr por toda la casa lanzando y destrozando todo a su paso. El viejo, presa de un ataque de tos, se abalanzó sobre mí, me empujó fuera del piso y cerró la puerta de un golpe. En medio de aquel escándalo salí del edificio y al alzar la vista me encontré con Arnau de pie en su balcón, gritando gol y lanzando el televisor del Barça a mitad de la calle. El estruendo fue tan grande que todos los vecinos salieron a sus balcones. Después, se escucharon los gritos de Arnau que luchaba con su padre y luego lo vi lanzar platos y varias replicas de las copas que ha ganado el Barça. Varios vecinos comenzaron a aplaudir y a gritar ¡gol! ¡gol! ¡goool!… Los coches frenaban ante la lluvia de objetos y algunos conductores asustados hacían llamadas con sus teléfonos móviles. La policía no tardaría en llegar.


Recogí todos los trofeos que pude y me perdí corriendo por las calles.

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