martes, 27 de julio de 2010

¿Aló?




Hace 10 años que no veo a mi hermano Ricardo en persona. Él está en un país y yo estoy en otro a miles de kilómetros, y cada vez que hemos intentado encontrarnos algo pasa y hay que suspenderlo. Pasa el tiempo, y sólo hablamos y nos vemos envejecer a través de la pantallita de video del Skype.

Esta mañana desperté con su imagen bailándome en las retinas: lo vi sentado junto al teléfono gris de la CANTV, en la sala de casa de nuestros padres.

Entonces recordé que a principios de los años noventa estuve enamorado de una chica que me ignoraba con una entrega absoluta. Yo era el hombre invisible y por más que lo buscaba, no lograba que ella me dedicara ni una mirada de lástima. Sin embargo, en aquella época en la que no existían los teléfonos celulares, los hombres y las mujeres invisibles teníamos un refugio para la trizteza: cobardemente (¡qué placer ser un cobarde!) llamaba a cualquier hora al teléfono de la casa de aquella chica con la esperanza de que ella cogiera el teléfono. Por supuesto, daba igual quien fuera la persona que levantaba el teléfono. Podía ser ella, su mamá o su perro, que mi respuesta siempre era la misma: yo escuchaba que alguien decía "aló" y automáticamente colgaba el teléfono. Y sí, cuando era la chica con su voz de flauta, después de colgar me llevaba las manos a la cara y reía como un loco... ¡Aaaah! ¡Qué estimulante, ingenua y ridícula era aquella cobardía!

¿Qué digo? Era genial. No había identificador de llamadas y nadie podía saber que era yo, Juan Ignacio, el enamorado invisible, el que acababa de llamar a las tres y media de la mañana de un martes. ¡Ja, ja, jaaa!

Y así pasaron varios meses (pobre familia de aquella chica), hasta que desistí con lo de las llamadas porque me enamoré de otra chica que, por suerte, le gustaba verme e incluso, como me dijo alguna vez, hasta le gustaba imaginarme.

Al mismo tiempo mi hermano terminó con su novia de toda la vida y por primera vez desde que tuve memoria lo vi solo, muy solo y desesperado. Comenzamos a hablar casi todas las noches en la cocina. Él me contaba sobre las chicas que le gustaban y sobre la imposibilidad de que se fijaran en él, y claro, como yo era un experto en el tema, me sentía conversando delante de un espejo.

Hasta que una noche, como a las dos o tres de la mañana, sonó el teléfono. Mi hermano lo levantó, dijo "aló" y le colgaron automáticamente.

- Juan -me dijo-. ¡Era para mí!

Y durante meses siguió sonando el teléfono y todos en la casa estuvimos de ecuerdo en dejar que Ricardo atendiera siempre, porque sin duda alguna, era para él. Así que todos los días mi hermano volvía del trabajo, cenaba a toda velocidad y después se sentaba en el sofa de la sala de casa, junto al teléfono gris de la CANTV, a esperar que sonara para poder decir "aló". A veces sonaba como a las once de la noche, pero generalmente lo hacía en la madrugada.

Han pasado casi veinte años desde que ocurrió esta historia.

¿Quién? ¿Quién coño llamaba y nos despertaba todas las noches?


















7 comentarios:

Adriana dijo...

eramos todas tus admiradoras, Juan, todas a las que siempre ignoraste sin darte cuenta :)

La KSB dijo...

Los teléfonos grises de CANTV...
Qué buen texto...

Juan Ignacio dijo...

Gracias Chase! Bueno enterarme ahora, y mejor saber que ignoraba sin saber!

Gracias KSB!En mi cerebro todavía suena el teléfono gris de la CANTV...

Anónimo dijo...

Esa chica que te ignoraba era una tonta.

Yo tambien llame y tranque (no a tu casa!) varias veces. Pero hombre, a horas decentes, no a las 3 am! :-)

Anónimo dijo...

Perdon Juan, ese comentario anterior fui yo, olvide firmar.

mc

richeranz dijo...

Qué buenas fotos! Y qué buen texto! Te llamo pronto (a hora decente y sin segundas intenciones)

Juan Ignacio dijo...

¡Gracias anónima Mc! Tendríamos que hacer una conferencia con Chase por el Skype...

¡Y gracias Rick! Espero tu llamada...