jueves, 26 de febrero de 2009

Lo que el precio se llevó

Despegamos sin contratiempos y media hora más tarde sobrevolábamos el océano Atlántico. A mi lado, cosa rara, se había sentado una chica bastante guapa. Justo después del despegue, se había quedado dormida con medio rostro hundido en un suéter con el que se había fabricado una almohada. Confiada y ausente, respiraba como un angelito con la boca abierta.

De pronto, el avión comenzó a temblar y se empezaron a escuchar ruidos como si algo golpeara el fuselaje. La luz del símbolo de “abróchense el cinturón de seguridad” se encendió y por los altavoces se escuchó la voz del piloto que decía apresuradamente:

“Hola. Soy el capitán George Romero, comandante de la nave. Por favor permanezcan en sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado. Estamos atravesando una nube de precios... En unos minutos, no habrá más turbulencias. Gracias y disculpen las molestias.”

La chica guapa sentada a mi lado se había despertado y tenía los ojos llenos de miedo. Tragó saliva y me preguntó:

- Disculpa, pero… ¿Qué es una nube de precios?

- Leí que con la crisis económica los precios han subido tanto que han llegado hasta las nubes – le dije, extasiado por sus largas pestañas -. Al parecer, se acumulan en algunos lugares de la atmósfera y bueno, crean turbulencia cuando pasan los aviones.

- ¿Y son peligrosos?

Iba a responderle cuando un golpe muy fuerte hizo tambalear a todo el avión. Algo había golpeado el ala derecha… Me asomé por la ventanilla y vi como la turbina empezaba a incendiarse. Alguien, un hombre, gritó:

- ¡El precio del tomate ha chocado contra la turbina! ¡Vamos a morir!

Gritos por todas partes. El avión se menea como un trozo de gelatina.

Todavía con la nariz aplastada contra el plástico de la ventanilla, trato de calmarme y pensar… “No es una película. Es la realidad. Vamos a morir... ¡Vamos a morir!... ¿Qué puedo hacer en una situación como ésta? Piensa, piensa… Sólo… Sólo hay una cosa…”

Me giro hacia la chica guapa que está sentada a mi lado y le digo:

- ¡Vamos a echarnos un polvo!

Pero ella ya no está en su asiento. Sin camisa y con los pantalones medio bajados, se está besando y metiendo mano con una pareja sentada al otro lado del pasillo.

El avión se inclina y pierde altura. Las mascarillas de oxígeno saltan de sus compartimientos. Mierda, vamos a morir...

Me levanto y veo ropa que sale volando en todas direcciones. Veo ráfagas de cuerpos desnudos, que aparecen y desaparecen de los asientos como si fueran delfines en medio del mar. No hay tiempo. Decido unirme a la orgía y empiezo a quitarme la camisa… Pero mis ojos descubren en una de las filas traseras a una ancianita flacuchenta y solitaria. Inclinada y con las manos juntas, se concentra para rezar sus últimas plegarias.

Por primera vez en mi vida siento que mi humanidad es más poderosa que mi instinto sexual. “Esa pobre ancianita necesita que alguien la conforte” – me dije -. “Alguien que la abrace y le diga que su vida ha tenido sentido”.

El avión se inclina aún más. El ruido comienza a ser insoportable.

Doy un salto y me lanzo sobre la masa de cuerpos desnudos que llena el pasillo. Nadando entre ellos y los asientos por fin logro llegar junto a la anciana. Mientras trato de enderezarme le digo:

- Tranquila señora… ¡No estamos solos ante la muerte!

Pero la señora parece no escucharme y sigue ensimismada. Sólo cuando logro sentarme me doy cuenta de que no está rezando.

Acurrucada, la anciana tiene toda su atención puesta en una Play Station Portatil que sostiene entre las manos. Me acerco para abrazarla y descubro que está jugando Grand Theft Auto. Antes de que todo termine logro escuchar su voz temblorosa que dice:

- ¡Voy a matar a estos malditos! ¡Los voy a matar!...

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