viernes, 13 de julio de 2007

Desde los balcones

Hoy quería escribir sobre las ventajas de pagar una hipoteca en yenes, pero voy contar otra cosa:

Esta mañana salí de casa y subí por la carrer Sant Pere Mártir para ir hasta la estación del ferrocarril. Venía bastante distraído y justo cuando llegué al cruce con carrer Jesús me encontré con una anciana que parecía un esqueleto recién sacado de una lavadora. Miraba hacia los balcones de un edificio y gritaba: ¡Asesinos! ¡Asesinos!

No entendí nada, pero me asusté lo suficiente como para observar los balcones que veía la vieja y darme cuenta de que estaban totalmente desiertos. Sin esforzarme mucho aceleré el paso para acercarme a ella y de pronto lo vi en el suelo. Ahí tirado, a mitad de la calle, había un conejo blanco con las orejas negras, tan gordo que era espantoso. Sus ojos no tenían mirada y mientras me dejaban comprender que estaba muerto, su imagen, tan blanca e imposible sobre el cemento, me detuvo en seco. Tenía unas uñas larguísimas y muy finas, casi deformes, que indicaban que en toda su vida de conejo no se había movido de una jaula. Su cabeza era grandísima y su panza descomunal, e impresionaba el hecho de que no había sangre ni nada a su alrededor. Sencillamente estaba muerto como una gran bola de algodón abandonada en la puerta de una farmacia. Y mi mente, como cualquier mente, buscó una explicación: en Barcelona cuando llega el verano la gente abandona a los animales o los lanza por el balcón porque no tiene con quién dejarlos al irse de vacaciones. De acuerdo, yo había escuchado que lanzaban pájaros, gatos o tortugas porque suelen sobrevivir a la caída. Pero coño, ¿a qué hijo de puta se le ocurre lanzar un conejo? Y levanté los ojos y vi que por carrer Jesús aparecían dos obreros caminando que también se detuvieron al escuchar a la vieja, que maldita sea, seguía gritando como una loca: ¡Asesinos! ¡Asesinos!

Los obreros se rieron de la anciana, vieron al conejo en el suelo y luego me observaron extrañados. Decidí aliviar la situación y no se me ocurrió otra cosa sino soltar una interpretación optimista:
- ¡Cálmese señora, seguro que el conejo saltó y sin querer se cayó de algún balcón!
- ¿Pero qué dices? – me gritó llena de rabia y dejando ver su dentadura postiza- ¡Ese conejo no se cayó!¡A ese conejo lo lanzaron desde un balcón, y si me cae en la cabeza me hubiera matado!¡Estoy viva de milagro!¡Asesinos!¡Asesinos!

No supe qué responder y no había ni parpadeado cuando los dos obreros ya estaban de pie junto al conejo. Uno de ellos se agachó y en ese momento el conejo tembló, tuvo un espasmo o algo parecido y la vieja volvió a gritar mirando los balcones, no sé, dijo algo que no entendí, y se dió la vuelta y se alejó por carrer Jesús. Entonces el obrero cogió al conejo por la cabeza y le partió el cuello de forma automática. Luego lo levantó por las orejas, lo metió en la mochila que llevaba su compañero y ambos siguieron tranquilamente su camino en direccion contraria a la vieja.

Toda esta escena duró un minuto y medio o quizás, menos.

Quedarme solo en la calle fue lo único que pude hacer.

7 comentarios:

Jorge dijo...

Impresionante documento

bollito dijo...

de verdad tiran las mascotas por las ventanas???

Juan Ignacio dijo...

Sí, de verdad las tiran...

Jorge dijo...

Se puede saber dónde te metes?

Pillo dijo...

¿Y si pensaron que el conejo tenía nueve vidas?.

Juan Ignacio dijo...

Prefiero pensar que no tenía nueve vidas. ¿Te imaginas que se despierte dentro del horno en casa de los obreros? Aunque, claro, un conejo enfadado puede ser, como bien sabían los Monty Pithon, un enemigo terrible...

Anónimo dijo...

Chamo eso es verdad? No me jodas, no te creo nada. Que leche que los carajos no tenían una tortuga...
José Mansón