






















Comparar a Hugo Chávez con otros dictadores se ha convertido en un forma de deporte, y no diré que es una práctica venezolana y mucho menos, exclusiva de la oposición. Hablo de un deporte global pasivo como cualquier otro, como el fútbol, el béisbol o el badminton, algo que presenciamos continuamente por televisión y que al conocer sus reglas nos permite generar un juicio, sentirnos expertos, partícipes y hasta eventuales entrenadores. Que si Chávez se parece un día a Pol Pot y el otro día a Stalin, y que si tiene cosas de Mussolini o de Hitler, o que recuerda a Pérez Jiménez o a Franco, que si es una mala imitación de Fidel o es más ridículo que Mobutu… Vamos, que encontrar analogías no es difícil, sobre todo, si tomamos en cuenta que las formas de dictadura no son infinitas y que la democracia, atrapada en un juego de espejos donde los medios de comunicación refractan la información cómo mejor les conviene, puede encontrarse caminando, sin previo aviso, al borde del totalitarismo (ejemplos de esto hay muchos, pero sólo digamos que nunca, nunca debemos olvidar el largo trabajo del PRI en México).
Mathieu era un joven economista belga que había sido contratado por una compañía transnacional para hacer negocios en China. La cosas no le iban mal a Mathieu, aunque últimamente había tenido algunos problemas con unos buques cargueros y por esa razón, saltándose algunos escalones del protocolo, había pedido una cita directa con Mister Yifei, que amablemente lo atendería en su casa en Beijing. Mathieu, que no hablaba chino, se defendía en inglés como todos los belgas y mientras tocaba el intercomunicador del edificio no dejó de parecerle extraño que Mister Yifei lo hubiese citado en su casa en lugar de la oficina. Mathieu subió al ascensor, tocó el botón y observó una vez más la foto que tenía de Mister Yifei. Cuando la puertas del ascensor volvieron a abrirse se encontró en medio de un lujoso apartamento con jardín interior. Una mujer totalmente desnuda apareció de la nada y lo condujo hacia una bañera que soltaba vapor. Allí se encontraban otras dos mujeres desnudas con esponjas en las manos. Las tres lo rodearon y se dedicaron a desnudarlo sin que Mathieu ofreciera resistencia, y luego, empezaron a bañarlo lentamente y con mucha delicadeza. Mathieu cerró los ojos, se entregó y pensó que le encantaba hacer negocios en China. Pero cuando volvió a abrir los ojos descubrió a un hombre que salía del ascensor, con traje, maletín y un rostro muy distinto al de Mister Yifei. El hombre se acercó a Mathieu, dejó caer el maletín al suelo y se sacó una pistola automática de la chaqueta.
Yusmelis no sospechaba que el destino la había elegido para ser la madre del hombre que traería la alegría a nuestro sufrido planeta. El hombre que nos haría sonreír sin sarcasmo, que sería capaz de devolvernos al estadio de la más ingenua humanidad, generosa y alegre, donde al fin se acabarían los políticos, el hambre y las leyes. Ese hombre, que se llamaría Maikel, se encuentra en este momento asomando su pequeña cabeza al mundo mientras su madre grita por los dolores del parto. El Doctor Arturo, las enfermeras y una buena dosis de peridural le dan ánimos, y así Yusmelis da a luz a nuestro querido Maikel que sale y recibe su primeras nalgadas en señal de bienvenida. Pero el niño, en lugar de llorar por las nalgadas, se pone a reír. Y al mismo tiempo su madre, las enfermeras, el doctor y todo el hospital comienzan a reír a carcajada limpia, arrebatados, sí, por esa alegría indescriptible que ya anuncia una nueva era. Y entonces, en medio de las risas, Maikel se resbala de las manos enguantadas del Doctor Arturo, cae al suelo, se rompe el cuello y muere.
Franz se sentó y observó al hombre que estaba detrás del escritorio. Nada llamaba la atención y nada parecía fuera de lugar en aquella pequeña oficina de tabiques blancos, algo sucia y mal iluminada. Parecía que todo había estado allí desde siempre, incluyendo a ese hombre medio calvo y medio barbudo que escribía algo en un papel.
Mi amigo Omar me llevó hoy a comprar un cráneo de Simón Bolívar en un puesto de antigüedades en el Mercado de Les Encants. Luego de estudiarlo durante un rato y de constatar que no sabíamos nada sobre huesos de gente famosa, pregunté por el precio.