jueves, 23 de septiembre de 2010
lunes, 26 de julio de 2010
miércoles, 21 de julio de 2010
martes, 20 de julio de 2010
Los Stevens

Jerry Stevens nació con tortícolis congenita y por eso su rostro siempre estuvo torcido hacia el lado izquierdo. A los veintiocho años, solo, desesperado y sin enterarse de que tenía caspa sobre su hombro derecho, descubrió a una mujer que caminaba por la acera de enfrente de su casa. La chica iba en dirección contraria a Jerry y a éste le llamó la atención que ella se volteara y caminara de lado para poder ver hacia donde se dirigía.
Su nombre era Jacqueline Joe Harper y, alabado sea el Señor, también tenía una tortícolis congénita que la hacia mirar hacia el lado izquierdo. Ambos se casaron un año más tarde, en octubre de 1903, cuando al fin el reverendo Alfred Hope aceptó que pusieran bancos giratorios en el altar de la iglesia para que la pareja pudiera seguir la misa. Tuvieron cinco hijos: Jerry Junior, Joe Junior, Joe Jerry, Jerry Joe y Jacqueline Jacqueline. Todos con tortícolis congenita que hacía que sus rostros siempre estuvieran girados hacia el lado izquierdo.
Durante algunos años los Stevens se convirtieron en verdaderas estrellas dentro de las publicaciones científicas y fueron invitados a muchos congresos internacionales de medicina para hablar sobre la tortícolis congénita. A pesar de su fama, fueron muy celosos de su intimidad y la esperada publicación de una biografía escrita por Jacqueline Jacqueline e ilustrada por Jerry Junior, se vio interrumpida por un fatal accidente.
La familia entera, de visita en Londres, murió atropellada por un autobús que, como es costumbre en ese país, apareció por el lado derecho de la calle.
La policía sólo encontró un manojo de llaves, un mapa de Londres, un pequeño espejo y esta misteriosa foto en el bolsillo de la chaqueta de Jerry Stevens...
jueves, 15 de julio de 2010
viernes, 9 de julio de 2010
martes, 6 de julio de 2010
La tortilla y sus infinitas vueltas

La vida podría resumirse en que cuando se sale se entra y cuando se entra se sale.
- ¿Y si en lugar de salir, todo el tiempo entramos? - Dijo uno.
- ¿Y si en lugar de entrar, todo el tiempo salimos? - Dijo otro.
Y desde ese día todos los que salen miran con cara de salida a los que entran, y todos los que entran miran con cara de entrada a los que salen.
Y si alguno se queda en medio y ni entra ni sale, viene otro y rápidamente lo empuja por la salida o por la entrada.
Sólo Dios tiene derecho a no tener que entrar o salir. Y esto ocurre porque quizás no existe o porque tal vez, está durmiendo en todas partes.
martes, 29 de junio de 2010
Floridablanca 83, otra vez

En esta polaroid me ven metido de cabeza en un contenedor de basura el día 13 de agosto de 2003.
Acabo de cumplir treinta y un años y estoy caminando con Laia y Vito rumbo a mi casa en Floridablanca 83. El calor es insoportable y la temperatura de ese día quedará registrada como el record del verano. La verdad es que no recuerdo de qué íbamos hablando los tres, pero recuerdo haber bebido muchas cervezas, que Laia llevaba la cámara en su bolso y que al girar en la esquina de Comte Borrell con Floridablanca nos encontramos a un tipo que estaba sacando cajas y bolsas de mi edificio para tirarlas al contenedor de la foto.
Son las dos de la mañana, y ni siquiera en el Reino de España la gente tiene la costumbre de tirar la basura a esta hora. Algo me dice que hay algo extraño. Veo a aquel pobre tipo de estatura mediana, cuarenta y ocho o cincuenta años, cuerpo de pera y pequeñas gafas que suda como un salvaje mientras arrastra una caja inmensa y le ofrezco mi ayuda. El tipo se endereza, da un paso atrás y me observa como si yo fuera un ladrón que va a robarle la basura que está a punto de tirar. Vito reacciona y con su catalán literario y un poco ebrio le dice:
- Hola nadiu! No tinguis por, som gent de pau… (Que se traduciría: ¡Hola nativo! No tengas miedo, somos gente de paz…)
- ¿Sois gilipollas o qué? – responde el tipo casi gritando.
- Tranquilo… Yo vivo aquí, en el tercero –intervine, mostrando las llaves y señalando el edificio-.
- ¿Ah sí? Pues nunca te he visto en la escalera…
- Sí, qué raro... Yo tampoco te he visto.
Observo que hay dos cajas registradoras (que también aparecen en la foto) aguantando la puerta del edificio para que no se cierre. El tipo se gira y con voz pausada me dice:
- Si las queréis, cogedlas. Es más, cojan lo que quieran. En esta caja hay facturas viejas, pero en el contenedor hay papel carbón y no sé que más.
Su respuesta me deja desconcertado. Intercambio miradas con Laia y Vito y comprendo que ellos también quieren saber qué carajo hace este tipo tirando papel carbón a las dos de la mañana. Ni siquiera recordaba que existía el papel carbón.
Así que lo ayudamos a tirar todo. Y con esto quiero decir que después de la cajas registradoras venían cuatro estanterías, un escritorio desarmado, algunas sillas destrozadas por las termitas y bolsas de basura llenas de papeles y cartulinas en estado deplorable. Al finalizar, el tipo nos mira y nos suelta algo parecido a este párrafo:
- Mi padre tenía una juguetería aquí, en los bajos del número 83. Cerró en el año 77 y desde entonces todos estos trastos han estado guardados en una habitación en casa. Después mi padre murió, bueno, fue hace años y no sé, hoy en la mañana pensé que debía tirar todas estas cosas de una vez por todas. He esperado hasta esta hora para no molestar a nadie, pero ya veis, resulta que me he encontrado con vosotros. Muchas gracias por ayudarme, sois muy majos. Adeu y bona nit.
- ¿Eso es todo? – Pienso y me rasco la cabeza.
Lo veo subir por las escaleras y le grito:
- ¡Oye! ¿Y al menos no te quedan juguetes de esa época?
- No… ¡Adeu! – le escucho decir mientras desaparece entre los escalones.
Yo no tengo olfato para los negocios ni para casi nada, pero tengo olfato para las historias. Así que salgo de nuevo con Laia y Vito y sin dudarlo ni un instante me meto dentro del contenedor.
Allí empiezo a abrir cajas, bolsas y todo lo que encuentro. Hasta que mis manos tocan la textura de un papel suave y delicado. Es una resma de papel de regalo que saco a la luz y nos maravilla a los tres porque parece que los tres ya la hemos visto.
Me llevo la resma entera y la guardo. Y no sé por qué, pero nunca más me encuentro con aquel tipo, aunque estoy pendiente de él cada vez bajo o subo las escaleras.
Luego, el 28 de agosto de 2005 (dos años y quince días más tarde) voy a la pizzeria Al Passatore para el cumpleaños de mi amigo Patricio, y le llevo un pequeño presente envuelto en aquel papel de regalo. No es más que un pato que cambia de colores con la temperatura del agua y una roca volcánica que recogí en Sicilia.
Le entrego el paquete al final de la cena y alguien al otro lado de la mesa se maravilla al ver el papel de regalo. Yo le veo los ojos y me enamoro.
Es Marie, con quien comenzaría a salir dos semanas más tarde y con quien hoy, tengo un hijo.
¿Y qué se puede decir cuando todo cambia por culpa de un papel de regalo?
A veces es extraño poder marcar un punto donde todas las cosas empiezan a llevarte hacia una dirección. Y otras veces, lo extraño es no meterse dentro de un contenedor de basura.
viernes, 18 de junio de 2010
domingo, 14 de febrero de 2010
jueves, 28 de enero de 2010
Galería de Pintura Barroca Chavista
Hace cuatro años que no veía a Cyrille Dupont, viejo amigo e informático francés que ha logrado abrirse paso como marchante de arte. Quedamos en el bar Els Tres Tombs junto a las tristes obras de remodelación del Mercat Sant Antoni, y después de contarnos la vida y tratar de recordar todas las veces que desayunamos en aquella terraza, llegó la quinta cerveza que dio paso a un sorprendente comentario:
- Y bueno Juan, no te lo vas a creer, pero ya he estado en tu país tres veces…
- ¿Ah sí? ¿Y que coño fuiste a hacer en Venezuela?
- Pues que ahora soy marchante de Pintura Barroca Chavista…
- ¿Qué?... ¿Cómo es la vaina?
Dos minutos más tarde, mis ojos se deleitaban observando el catálogo que Cyrille ha preparado para comercializar la Pintura Barroca Chavista en Europa.
- Así son las crisis, Juan. En medio de ellas siempre se desarrolla la genialidad, y ya ves, la corte chavista ha llegado a unos niveles de riqueza y refinamiento tales, que rápidamente ha reunido a un grupo de pintores bastante aceptable.
- Cyrille, esto es increíble…
- No, Juan. Lo increíble es que en la Pintura Barroca Chavista no aparece Chávez. Es algo inaudito, mira aquí —empezó a señalarme los cuadros—, mira este otro, y éste, fíjate bien… Los pintores reproducen escenas cotidianas de la corte chavista y nunca, nunca representan a Chávez…. En Venezuela la imagen de Chávez está en todas partes, y no representarlo es lo más revolucionario que puede hacer un pintor barroco chavista… ¡Mira! ¡Esto es arte revolucionario de verdad!
- ¡Vergación!...
Así que los dejo con una selección de imágenes que Cyrille, amablemente, me ha cedido:
Yo no fui. Ministro de Justicia esperando audiencia con el Comandante,
por Osnaiker Nieto, oil on canvas
¿Con agua o con soda? Repartidor de whisky del Palacio de Miraflores,
por Wilkinson Guanipa, oil on canvas
¿Mijito cómo sales a la calle si está tan oscuro? Mujeres lloran el asesinato de un cortesano perpetrado por la CIA, de la serie «La electricidad, ese maldito invento capitalista»,
Forever young. El compañero Fidel retocando su autobiografía no oficial,
por Yutsitibilisay Moreno, oil on canvas
- Y bueno Juan, no te lo vas a creer, pero ya he estado en tu país tres veces…
- ¿Ah sí? ¿Y que coño fuiste a hacer en Venezuela?
- Pues que ahora soy marchante de Pintura Barroca Chavista…
- ¿Qué?... ¿Cómo es la vaina?
Dos minutos más tarde, mis ojos se deleitaban observando el catálogo que Cyrille ha preparado para comercializar la Pintura Barroca Chavista en Europa.
- Así son las crisis, Juan. En medio de ellas siempre se desarrolla la genialidad, y ya ves, la corte chavista ha llegado a unos niveles de riqueza y refinamiento tales, que rápidamente ha reunido a un grupo de pintores bastante aceptable.
- Cyrille, esto es increíble…
- No, Juan. Lo increíble es que en la Pintura Barroca Chavista no aparece Chávez. Es algo inaudito, mira aquí —empezó a señalarme los cuadros—, mira este otro, y éste, fíjate bien… Los pintores reproducen escenas cotidianas de la corte chavista y nunca, nunca representan a Chávez…. En Venezuela la imagen de Chávez está en todas partes, y no representarlo es lo más revolucionario que puede hacer un pintor barroco chavista… ¡Mira! ¡Esto es arte revolucionario de verdad!
- ¡Vergación!...
Así que los dejo con una selección de imágenes que Cyrille, amablemente, me ha cedido:
Yo no fui. Ministro de Justicia esperando audiencia con el Comandante,por Osnaiker Nieto, oil on canvas
¿Con agua o con soda? Repartidor de whisky del Palacio de Miraflores,por Wilkinson Guanipa, oil on canvas
por Kleister José Urdaneta, oil on canvas
por Greissy Zambrano, oil on canvas
por Doreidis García, oil on canvas
¿Mijito cómo sales a la calle si está tan oscuro? Mujeres lloran el asesinato de un cortesano perpetrado por la CIA, de la serie «La electricidad, ese maldito invento capitalista»,por Doreidis García, oil on canvas
Forever young. El compañero Fidel retocando su autobiografía no oficial,por Yutsitibilisay Moreno, oil on canvas
miércoles, 12 de agosto de 2009
Juan, Juanjuán y Juanjuanjuán

No suelo tomar textos de otras personas, pero esta primera vez creo que vale la pena. Aquí les dejo «Juan, Juanjuán y Juanjuanjuán», un cuento incluído en Cuando el mundo era joven todavía de Jürg Schubiger, uno de los mejores libros para niños que he leído en mi vida. Y la ilustración la ha hecho mi amiga Marina Martin, quien me ha fotocopiado tres veces de memoria y sin nunca haberme visto de niño...
«Un padre tenía tres hijos exactamente iguales. El primero se llamaba Juan; el segundo Juanjuán, y el tercero, Juanjuanjuán. Los tres hijos jugaban en el jardín, y el padre les llamaba cuando la comida estaba preparada. Cuando quería referirse a los tres hijos gritaba: «Juanjuanjuanjuanjuanjuán». Más tarde, inventó la abreviatura Juanjuanjuan; el nombre Juanjuanjuán tiene tres partes, y contenía los nombres de Juan y Juanjuán. Pero cuando el padre gritaba: «¡Juanjuanjuán!», refiriéndose sólo a Juanjuanjuán, a veces iban los tres, y cuando se refería a los tres, a veces sólo iba Juanjuanjuán. Pero el mayor lío se armaba cuando el padre tenía que llamar al primer hijo, a Juan, dos o tres veces porque no contestaba. En esos casos, a veces iba Juanjuán o Juanjuanjuán, según les convenía.
El padre comprendió que no había elegido bien los nombres de sus hijos. Tenía que poner otros nombres. Así que desde entonces llamó al primer hijo Juanrodolfo, al segundo, Juancarlos, y al tercero, Juanjacobo.»
«Un padre tenía tres hijos exactamente iguales. El primero se llamaba Juan; el segundo Juanjuán, y el tercero, Juanjuanjuán. Los tres hijos jugaban en el jardín, y el padre les llamaba cuando la comida estaba preparada. Cuando quería referirse a los tres hijos gritaba: «Juanjuanjuanjuanjuanjuán». Más tarde, inventó la abreviatura Juanjuanjuan; el nombre Juanjuanjuán tiene tres partes, y contenía los nombres de Juan y Juanjuán. Pero cuando el padre gritaba: «¡Juanjuanjuán!», refiriéndose sólo a Juanjuanjuán, a veces iban los tres, y cuando se refería a los tres, a veces sólo iba Juanjuanjuán. Pero el mayor lío se armaba cuando el padre tenía que llamar al primer hijo, a Juan, dos o tres veces porque no contestaba. En esos casos, a veces iba Juanjuán o Juanjuanjuán, según les convenía.
El padre comprendió que no había elegido bien los nombres de sus hijos. Tenía que poner otros nombres. Así que desde entonces llamó al primer hijo Juanrodolfo, al segundo, Juancarlos, y al tercero, Juanjacobo.»
P.D. Y todo para decir que ya soy papá y que recordé a tiempo este cuento antes de elegir un nombre.
domingo, 2 de agosto de 2009
martes, 30 de junio de 2009
martes, 12 de mayo de 2009
La pistola de palabras II
- Salve a mi amigo, doctor, ¡sálvelo!
- Oye chamo, tranquilízate. Si quieres que salve a tu amigo, TE-ME-TRAN-QUI-LI-ZAS…
- Pero, ¿lo va a salvar o no?
- Claro, no ves que en este ambulatorio hay de todo. Tenemos suelo, techo, aire y una mesa que no se la han robado porque es de cemento.
- No se burle doctor, que mi panita está agonizando… Vamos pues, ¡muévase! ¡Haga algo! ¿Dónde guarda el equipo para operar?
- En el bolsillo. Mira: tengo hilo de pescar y una navaja suiza.
- ¿De verdad es suiza?
- No.
- Cooooño...
- Mucha queja y mucha guevonada, y a mi me huele que ustedes dos andaban en una vaina rara, drogándose, metiéndose comic sans en medio de la calle…
- ¿Nosotros? ¡Ta’ loco doctor! Mi pana y yo estamos en contra de la comic sans… Eso es una lacra social que hay que borrar de la tipografía latinoamericana…
- ¿De verdad? ¿Y por qué estás tan nervioso y hablando como si estuvieras en una propaganda antidrogas?
- Bueno, doctor… Fumamos un poquito de Helvetica, y eso no jode a nadie, ¿verdá?
- Sí, sí… Ayúdame a quitarle la chaqueta, el suéter, la camisa, la franela y la camiseta a tu amigo… Con este calor de mierda, ¿por qué coño se visten así?
- ¡Sálvelo doctor!
- Veeerga… Esta herida es un desastre. Chamo, cuéntame que pasó y cuéntame la verdá, ¿okey?
- Doctor, salimos de la casa y cuando pisamos la acera ¡TUM!, una palabra perdida hirió a mi amigo en el pecho…
- ¿Otra vez? Todo el mundo viene aquí con ese cuento de la palabra perdida.
- ¡Pero es la verdad doctor! Asómese por la ventana...¿Sabe cuántas palabras perdidas están volando sobre Caracas? Palabras sin dueño que ya nadie pronunciará, atravesando un cielo sin texto, rompiendo las nubes con su ceguera, solitarias y mortales, llenas de rabia al caer como una lluvia de pianos desafinados...
- ¡Ah no! ¡Eso sí que no! No te me pongas poético que te meto un navajazo… Te me callas la boca que vamos a ver que puedo hacer con esta herida… ¡Mieeeerda!
- ¿Qué pasa?
- Que no lo hirieron con una palabra… Le metieron una estrofa completa por el pecho.
- Usted es doctor, ¡contrólole la rima, aplíquele una aliteración!
- No es tan fácil… Esta estrofa es un tetrástrofo monorrimo.
- ¿Y qué?
- Pues que es una estrofa española del siglo XII que se compone de cuatro versos alejandrinos, o sea, de catorce sílabas, con rima consonante uniforme, repartidos en dos hemistiquios de siete sílabas, con pausa o cesura entre ellos… ¡Qué cagada! No puedo extraerla. No soy médico medievalista.
- ¿Y dónde encuentro yo a un medievalista?
- En una clínica privada.
- ¡No me joda! ¿Y pa' que coño es usted médico si no sabe extraer una estrofa de mierda?
- Un momentico chamo, un momentico ahí. Yo estoy especializado en rap y en copla llanera, con dos posgrados en contrapunteo. Y cuando yo estudié, la gente no se la pasaba disparándose poesía culta que no entiende. Oye, si al menos fuesen unos pentámetros yámbicos podríamos inyectarle unos acentos, pero...
- ¡Coño sáquele esa estrofa!
- Aunque se la saque ya no serviría de nada. Siento decirte que a estas estrofas las remojan en versolibrismo, y en este momento cada palabra está mutando en el interior de tu amigo.
- ¡No puede ser!
- Sí que puede ser. En los laboratorios hacen cualquier cosa con las palabras y en este país no se respetan las leyes de la métrica.
- ¡Hijo'e'putas! O sea que, mi panita ya está muerto…
- Sí.
- ¿Y qué vamos a hacer?
- Llamar a los de la morgue. Y mientras los esperamos, ¿te queda un poquito de Helvetica?
- Oye chamo, tranquilízate. Si quieres que salve a tu amigo, TE-ME-TRAN-QUI-LI-ZAS…
- Pero, ¿lo va a salvar o no?
- Claro, no ves que en este ambulatorio hay de todo. Tenemos suelo, techo, aire y una mesa que no se la han robado porque es de cemento.
- No se burle doctor, que mi panita está agonizando… Vamos pues, ¡muévase! ¡Haga algo! ¿Dónde guarda el equipo para operar?
- En el bolsillo. Mira: tengo hilo de pescar y una navaja suiza.
- ¿De verdad es suiza?
- No.
- Cooooño...
- Mucha queja y mucha guevonada, y a mi me huele que ustedes dos andaban en una vaina rara, drogándose, metiéndose comic sans en medio de la calle…
- ¿Nosotros? ¡Ta’ loco doctor! Mi pana y yo estamos en contra de la comic sans… Eso es una lacra social que hay que borrar de la tipografía latinoamericana…
- ¿De verdad? ¿Y por qué estás tan nervioso y hablando como si estuvieras en una propaganda antidrogas?
- Bueno, doctor… Fumamos un poquito de Helvetica, y eso no jode a nadie, ¿verdá?
- Sí, sí… Ayúdame a quitarle la chaqueta, el suéter, la camisa, la franela y la camiseta a tu amigo… Con este calor de mierda, ¿por qué coño se visten así?
- ¡Sálvelo doctor!
- Veeerga… Esta herida es un desastre. Chamo, cuéntame que pasó y cuéntame la verdá, ¿okey?
- Doctor, salimos de la casa y cuando pisamos la acera ¡TUM!, una palabra perdida hirió a mi amigo en el pecho…
- ¿Otra vez? Todo el mundo viene aquí con ese cuento de la palabra perdida.
- ¡Pero es la verdad doctor! Asómese por la ventana...¿Sabe cuántas palabras perdidas están volando sobre Caracas? Palabras sin dueño que ya nadie pronunciará, atravesando un cielo sin texto, rompiendo las nubes con su ceguera, solitarias y mortales, llenas de rabia al caer como una lluvia de pianos desafinados...
- ¡Ah no! ¡Eso sí que no! No te me pongas poético que te meto un navajazo… Te me callas la boca que vamos a ver que puedo hacer con esta herida… ¡Mieeeerda!
- ¿Qué pasa?
- Que no lo hirieron con una palabra… Le metieron una estrofa completa por el pecho.
- Usted es doctor, ¡contrólole la rima, aplíquele una aliteración!
- No es tan fácil… Esta estrofa es un tetrástrofo monorrimo.
- ¿Y qué?
- Pues que es una estrofa española del siglo XII que se compone de cuatro versos alejandrinos, o sea, de catorce sílabas, con rima consonante uniforme, repartidos en dos hemistiquios de siete sílabas, con pausa o cesura entre ellos… ¡Qué cagada! No puedo extraerla. No soy médico medievalista.
- ¿Y dónde encuentro yo a un medievalista?
- En una clínica privada.
- ¡No me joda! ¿Y pa' que coño es usted médico si no sabe extraer una estrofa de mierda?
- Un momentico chamo, un momentico ahí. Yo estoy especializado en rap y en copla llanera, con dos posgrados en contrapunteo. Y cuando yo estudié, la gente no se la pasaba disparándose poesía culta que no entiende. Oye, si al menos fuesen unos pentámetros yámbicos podríamos inyectarle unos acentos, pero...
- ¡Coño sáquele esa estrofa!
- Aunque se la saque ya no serviría de nada. Siento decirte que a estas estrofas las remojan en versolibrismo, y en este momento cada palabra está mutando en el interior de tu amigo.
- ¡No puede ser!
- Sí que puede ser. En los laboratorios hacen cualquier cosa con las palabras y en este país no se respetan las leyes de la métrica.
- ¡Hijo'e'putas! O sea que, mi panita ya está muerto…
- Sí.
- ¿Y qué vamos a hacer?
- Llamar a los de la morgue. Y mientras los esperamos, ¿te queda un poquito de Helvetica?
viernes, 8 de mayo de 2009
La pistola de palabras
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In memoriam Ateneo de Caracas
- No está mal, mi pana… Pero, si vas y te compras una pistola de palabras… No sé, mejor haber hecho una gran inversión y te comprabas una ametralladora de palabras de una buena vez, ¿no?
- No me ladilles… Sólo me alcanzaba para comprarme una calibre 22.
- De verdad que es chiquitica… Y es de producción nacional... Chamo, ¿me dejas disparar con ella?
- ¡Claro! Pero apunta a la pared, no sea que mates a alguien de un palabrazo.
- ¡Ni que trabajara en el gobierno! Bueno, voy a disparar… ¿Estás listo?
- Dale…
… … …... ... . . . . . .... .... . . ... . . ... …...
- ¡No sale nada! ¿Seguro que está cargada?
- ¡Seguro! Vuelve a apretar el gatillo…
- ¡Okey!... ¡Voy!…
… … … ve … … …ve ….ve.. ... ... ... ... ... .. ... ... . . . .... . . . ...... ... ...
- Ay chamo, esta vaina no sirve pa`nada...
- ¡Pues dame acá guevón!
- Espérate… ¡Déjame darle otra vez!... ¡Voy!
… … … Venezuela… … es… … … … … … ... ... ... …
- ¡Funciona! ¡Sigue apretando el gatillo!
- ¡Le estoy dando! ¡Le estoy dando!
…. …. …. … … … …... ... .. ... . . . . . ........ . . . . ... … … … …
- Que va, mi pana... No sirve. Estas pistolitas siempre se encasquillan con los adjetivos.
- ¡No joda! ¡Dame esa pistola! Ya vas a ver, aquí tengo una palabra con la que sí va a funcionar…
- Chamo, ¿qué estás haciendo con ese cargador? ¡Epa, eeepa! ¿De dónde sacaste tú esa palabra esdrújula? Mira que… ¡Y es un adverbio! No chaaamo, coño, verga, cuidao, que mira que están prohibidas en la calle y te pueden…
- ¡Ya cállate!
- Pero… ¡Chamo! ¡No! ¡No te apuntes en la cabeza!
- ¡No te me acerques!… ¡Se acabó está mierda! ¡Hasta nunca!
… … … ……… . . . . . . … … .. .. . . … . .. . . . . …. ..
-¡Coñoelamadre! ¡No funciona! ¡Mierda, mierda, mierda!...
- Tranquilízate mi pana... ¡Ya pasó!... Ya pasó... Todo está bien... Así es la vaina en este país...
- Pero…
- Es así y punto…
- Y ahora… ¿Qué nos queda?
- Pues… Seguir siendo lo que siempre hemos sido: dos sustantivos sin pistola.
- Con pistola o sin pistola… ¡Es igual!
- ¿Me lo dices o me lo preguntas?
- Coño… ¡Qué jodidas son las palabras!
- Y eso que no somos poetas.
jueves, 26 de febrero de 2009
Lo que el precio se llevó
Despegamos sin contratiempos y media hora más tarde sobrevolábamos el océano Atlántico. A mi lado, cosa es costumbre, se había sentado una chica con sueño. Justo después del despegue, se quedó dormida con medio rostro hundido en un suéter con el que se había fabricado una almohada. Confiada y ausente, respiraba como un angelito con la boca abierta.
De pronto, el avión comenzó a temblar y se empezaron a escuchar ruidos como si algo golpeara el fuselaje. La luz del símbolo de “abróchense el cinturón de seguridad” se encendió y por los altavoces se escuchó la voz del piloto que decía apresuradamente:
“Hola. Soy el capitán Daniel Parsons, comandante de la nave. Por favor permanezcan en sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado. Estamos atravesando una nube de precios... En unos minutos, no habrá más turbulencias. Gracias y disculpen las molestias.”
La chica sentada a mi lado se había despertado y estaba muy asustada. Tragó saliva y me preguntó:
- Disculpa, pero… ¿Qué es una nube de precios?
- Leí que con la crisis económica los precios han subido tanto que han llegado hasta las nubes – le dije, extasiado por sus largas pestañas -. Al parecer, se acumulan en algunos lugares de la atmósfera y bueno, crean turbulencia cuando pasan los aviones.
- ¿Y son peligrosos?
Iba a responderle cuando un golpe muy fuerte hizo que el avión se tambaleara. Algo había golpeado el ala derecha… Me asomé por la ventanilla y vi como la turbina empezaba a incendiarse. Alguien, un hombre, gritó:
- ¡El precio del tomate ha chocado contra la turbina! ¡Vamos a morir!
Gritos por todas partes y ahora sí, el avión empezó a menearse como un trozo de gelatina.
Todavía con la nariz aplastada contra la ventanilla, traté de calmarme y pensar… “No es una película. Es la realidad. Vamos a morir... ¡Vamos a morir!... ¿Qué puedo hacer en una situación como ésta? Piensa, piensa… Sólo… Sólo hay una cosa…”
Me giré hacia la chica que está sentada a mi lado y le dije:
- ¡Vamos a echarnos un polvo!
Pero ella ya no está en su asiento. Sin camisa y con los pantalones medio bajados, se está besando y metiendo mano con una pareja sentada al otro lado del pasillo.
El avión se inclinó mientras seguía perdiendo altura. Las mascarillas de oxígeno saltaron de sus compartimientos. Mierda, vamos a morir...
Me levanté y observé como la ropa interior salía volando en todas direcciones. Vi ráfagas de cuerpos desnudos, que aparecían y desaparecían de los asientos como si fuesen delfines en medio del mar. No hay tiempo. Decidí unirme a la orgía y empecé a quitarme la camisa… Pero mis ojos descubrieron en una de las filas traseras a una ancianita flacuchenta y solitaria. Inclinada y con las manos juntas, se concentraba para rezar sus últimas plegarias.
“Esa pobre ancianita necesita que alguien la conforte” – me dije -. “Alguien que la abrace y le diga que su vida ha tenido sentido”.
El avión ya casi iba en picada y el ruido comenzó a ser insoportable.
Di un salto y me lancé sobre la masa de cuerpos desnudos que llenaba el pasillo. Nadando, o más bien, escalando entre ellos y los asientos por fin logré llegar junto a la anciana. Mientras trataba de enderezarme le dije:
- Tranquila señora… ¡No estamos solos ante la muerte!
Pero la señora pareció no escucharme y siguió ensimismada. Sólo cuando logré sentarme me di cuenta de que no estaba rezando.
Acurrucada, la anciana tenía toda su atención puesta en una pequeña consola que sostenía entre las manos. Me acerqué para abrazarla y descubrí que está jugando Grand Theft Auto. Antes de que todo terminara, logré escuchar su voz temblorosa que decía:
- ¡Voy a matar a estos malditos! ¡Los voy a matar!...
De pronto, el avión comenzó a temblar y se empezaron a escuchar ruidos como si algo golpeara el fuselaje. La luz del símbolo de “abróchense el cinturón de seguridad” se encendió y por los altavoces se escuchó la voz del piloto que decía apresuradamente:
“Hola. Soy el capitán Daniel Parsons, comandante de la nave. Por favor permanezcan en sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado. Estamos atravesando una nube de precios... En unos minutos, no habrá más turbulencias. Gracias y disculpen las molestias.”
La chica sentada a mi lado se había despertado y estaba muy asustada. Tragó saliva y me preguntó:
- Disculpa, pero… ¿Qué es una nube de precios?
- Leí que con la crisis económica los precios han subido tanto que han llegado hasta las nubes – le dije, extasiado por sus largas pestañas -. Al parecer, se acumulan en algunos lugares de la atmósfera y bueno, crean turbulencia cuando pasan los aviones.
- ¿Y son peligrosos?
Iba a responderle cuando un golpe muy fuerte hizo que el avión se tambaleara. Algo había golpeado el ala derecha… Me asomé por la ventanilla y vi como la turbina empezaba a incendiarse. Alguien, un hombre, gritó:
- ¡El precio del tomate ha chocado contra la turbina! ¡Vamos a morir!
Gritos por todas partes y ahora sí, el avión empezó a menearse como un trozo de gelatina.
Todavía con la nariz aplastada contra la ventanilla, traté de calmarme y pensar… “No es una película. Es la realidad. Vamos a morir... ¡Vamos a morir!... ¿Qué puedo hacer en una situación como ésta? Piensa, piensa… Sólo… Sólo hay una cosa…”
Me giré hacia la chica que está sentada a mi lado y le dije:
- ¡Vamos a echarnos un polvo!
Pero ella ya no está en su asiento. Sin camisa y con los pantalones medio bajados, se está besando y metiendo mano con una pareja sentada al otro lado del pasillo.
El avión se inclinó mientras seguía perdiendo altura. Las mascarillas de oxígeno saltaron de sus compartimientos. Mierda, vamos a morir...
Me levanté y observé como la ropa interior salía volando en todas direcciones. Vi ráfagas de cuerpos desnudos, que aparecían y desaparecían de los asientos como si fuesen delfines en medio del mar. No hay tiempo. Decidí unirme a la orgía y empecé a quitarme la camisa… Pero mis ojos descubrieron en una de las filas traseras a una ancianita flacuchenta y solitaria. Inclinada y con las manos juntas, se concentraba para rezar sus últimas plegarias.
“Esa pobre ancianita necesita que alguien la conforte” – me dije -. “Alguien que la abrace y le diga que su vida ha tenido sentido”.
El avión ya casi iba en picada y el ruido comenzó a ser insoportable.
Di un salto y me lancé sobre la masa de cuerpos desnudos que llenaba el pasillo. Nadando, o más bien, escalando entre ellos y los asientos por fin logré llegar junto a la anciana. Mientras trataba de enderezarme le dije:
- Tranquila señora… ¡No estamos solos ante la muerte!
Pero la señora pareció no escucharme y siguió ensimismada. Sólo cuando logré sentarme me di cuenta de que no estaba rezando.
Acurrucada, la anciana tenía toda su atención puesta en una pequeña consola que sostenía entre las manos. Me acerqué para abrazarla y descubrí que está jugando Grand Theft Auto. Antes de que todo terminara, logré escuchar su voz temblorosa que decía:
- ¡Voy a matar a estos malditos! ¡Los voy a matar!...
martes, 17 de febrero de 2009
martes, 10 de febrero de 2009
Corre, Hans... ¡Corre!
Policía venezolana...
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