
jueves, 27 de septiembre de 2007
miércoles, 1 de agosto de 2007
miércoles, 18 de julio de 2007
La berenjena catalana
Conversaba con Germán y, cosas de la vida, nos preguntamos de dónde venía la palabra berenjena. Germán me dijo que era de origen árabe y yo le dije puede ser. Así que por supuesto fuimos a echar un ojo al al Tomo I del Diccionario de la Real Academia Española:
BERENJENA.
(Del ár. hisp. badingána, este del ár. clás. bādingānah, y este del persa bātingān).
1. f. Planta anual de la familia de las Solanáceas, de cuatro a seis decímetros de altura, ramosa, con hojas grandes, aovadas, de color verde, casi cubiertas de un polvillo blanco y llenas de aguijones, flores grandes y de color morado, y fruto aovado, de diez a doce centímetros de largo, cubierto por una película morada y lleno de una pulpa blanca dentro de la cual están las semillas.2. f. Fruto de esta planta.
1. f. Variedad de la común, cuyo fruto es casi cilíndrico y de color morado muy oscuro.
- Yo sabía que era árabe... - dijo Germán.
- Sí, es árabe - concluí -, pero... un momento. Aquí hablan de una berenjena catalana. ¿Alguna vez has visto una berenjena catalana?
Germán, que nació en Sant Andreu y se autodefine como un charnego acatalanado, pensó un rato y luego me contestó que no. Corrimos a la computadora y buscamos en Google, y como ocurre en las historias de Jonas Marinel, lo único que encontramos fue la definición del DRAE que acabábamos de leer en la edición impresa. Encima, tampoco hay fotos en Google ni en ningún lado. Y para resumir: no hay nada de nada, únicamente hay recetas de platos catalanes preparados con berenjenas comunes y corrientes que pudieron haberse cultivado en Montevideo. El detalle, claro está, es que seguramente la berenjena que se come en toda España es, nada más y nada menos, que la berenjena catalana, pero nadie sabe que se llama así...
- ¿Te das cuenta de lo que puede ocurrir si este descubrimiento cae en las manos equivocadas? - dijo Germán preocupado. Los independentistas catalanes podrían tener un nuevo símbolo, pero si se descuidan, los nacionalistas españoles podrían apropiarse de él sin ningún problema... Por un lado escucharíamos: Una albergínia, una nació... Y por el otro: Una berenjena, grande y libre...
- Mierda. Nos tocará vivir dentro de una samfaina...
- Quizás - respondió Germán encendiéndose un cigarrillo -. Pero ahora... lo mejor es que salgamos de este berenjenal. Olvidémonos del tema y tú te ocupas de que nadie se entere.
- ¿Yo? ¿Y cómo hago eso?
- Muy sencillo. Publícalo en tu blog.
viernes, 13 de julio de 2007
Desde los balcones
Esta mañana salí de casa y subí por la carrer Sant Pere Mártir para ir hasta la estación del ferrocarril. Venía bastante distraído y justo cuando llegué al cruce con carrer Jesús me encontré con una anciana que parecía un esqueleto recién sacado de una lavadora. Miraba hacia los balcones de un edificio y gritaba: ¡Asesinos! ¡Asesinos!
No entendí nada, pero me asusté lo suficiente como para observar los balcones que veía la vieja y darme cuenta de que estaban totalmente desiertos. Sin esforzarme mucho aceleré el paso para acercarme a ella y de pronto lo vi en el suelo. Allí tirado, a mitad de la calle, había un conejo blanco con las orejas negras, tan gordo que era espantoso. Sus ojos no tenían mirada y su imagen, tan blanca e imposible sobre el cemento, me detuvo en seco. Tenía unas uñas larguísimas y muy finas, casi deformes, que indicaban que en toda su vida de conejo no se había movido de una jaula. Su cabeza era grandísima y su panza descomunal, e impresionaba el hecho de que no había sangre ni nada a su alrededor. Sencillamente estaba muerto como una gran bola de algodón abandonada en la acera. Y mi mente, como cualquier mente, buscó una explicación: en Barcelona cuando llega el verano la gente abandona a los animales o los lanza por el balcón porque no tiene con quién dejarlos al irse de vacaciones. De acuerdo, yo había escuchado que lanzaban pájaros, gatos o tortugas porque suelen sobrevivir a la caída. Pero coño, ¿a qué hijo de puta se le ocurre lanzar un conejo? Levanté los ojos y vi que por carrer Jesús aparecían dos obreros caminando que también se detuvieron al escuchar a la vieja, que maldita sea, seguía gritando como una loca: ¡Asesinos! ¡Asesinos!
Los obreros se rieron de la anciana, vieron al conejo en el suelo y luego me observaron extrañados. Decidí aliviar la situación y no se me ocurrió otra cosa sino soltar una interpretación optimista:
- Cálmese señora, seguro que el conejo saltó y sin querer se cayó desde algún balcón.
- ¿Pero qué dices? – me gritó llena de rabia y dejando ver su dentadura postiza- ¡Ese conejo no se cayó!¡A ese conejo lo lanzaron desde un balcón, y si me cae en la cabeza me hubiera matado!¡Estoy viva de milagro!¡Asesinos!¡Asesinos!
No supe qué responder y no había ni parpadeado cuando los dos obreros ya estaban de pie junto al conejo. Uno de ellos se agachó y en ese momento el conejo tembló, tuvo un espasmo o algo parecido y la vieja volvió a gritar mirando los balcones, no sé, dijo algo que no entendí, y se dio la vuelta y se alejó por carrer Jesús. Entonces el obrero cogió al conejo por la cabeza y le partió el cuello como un profesional. Luego levantó el conejo por las orejas, lo metió en la mochila que llevaba su compañero y ambos siguieron tranquilamente su camino en dirección contraria a la vieja.
Toda esta escena duró un minuto y medio o quizás, menos.
Quedarme solo en la calle fue lo único que pude hacer.
No entendí nada, pero me asusté lo suficiente como para observar los balcones que veía la vieja y darme cuenta de que estaban totalmente desiertos. Sin esforzarme mucho aceleré el paso para acercarme a ella y de pronto lo vi en el suelo. Allí tirado, a mitad de la calle, había un conejo blanco con las orejas negras, tan gordo que era espantoso. Sus ojos no tenían mirada y su imagen, tan blanca e imposible sobre el cemento, me detuvo en seco. Tenía unas uñas larguísimas y muy finas, casi deformes, que indicaban que en toda su vida de conejo no se había movido de una jaula. Su cabeza era grandísima y su panza descomunal, e impresionaba el hecho de que no había sangre ni nada a su alrededor. Sencillamente estaba muerto como una gran bola de algodón abandonada en la acera. Y mi mente, como cualquier mente, buscó una explicación: en Barcelona cuando llega el verano la gente abandona a los animales o los lanza por el balcón porque no tiene con quién dejarlos al irse de vacaciones. De acuerdo, yo había escuchado que lanzaban pájaros, gatos o tortugas porque suelen sobrevivir a la caída. Pero coño, ¿a qué hijo de puta se le ocurre lanzar un conejo? Levanté los ojos y vi que por carrer Jesús aparecían dos obreros caminando que también se detuvieron al escuchar a la vieja, que maldita sea, seguía gritando como una loca: ¡Asesinos! ¡Asesinos!
Los obreros se rieron de la anciana, vieron al conejo en el suelo y luego me observaron extrañados. Decidí aliviar la situación y no se me ocurrió otra cosa sino soltar una interpretación optimista:
- Cálmese señora, seguro que el conejo saltó y sin querer se cayó desde algún balcón.
- ¿Pero qué dices? – me gritó llena de rabia y dejando ver su dentadura postiza- ¡Ese conejo no se cayó!¡A ese conejo lo lanzaron desde un balcón, y si me cae en la cabeza me hubiera matado!¡Estoy viva de milagro!¡Asesinos!¡Asesinos!
No supe qué responder y no había ni parpadeado cuando los dos obreros ya estaban de pie junto al conejo. Uno de ellos se agachó y en ese momento el conejo tembló, tuvo un espasmo o algo parecido y la vieja volvió a gritar mirando los balcones, no sé, dijo algo que no entendí, y se dio la vuelta y se alejó por carrer Jesús. Entonces el obrero cogió al conejo por la cabeza y le partió el cuello como un profesional. Luego levantó el conejo por las orejas, lo metió en la mochila que llevaba su compañero y ambos siguieron tranquilamente su camino en dirección contraria a la vieja.
Toda esta escena duró un minuto y medio o quizás, menos.
Quedarme solo en la calle fue lo único que pude hacer.
martes, 10 de julio de 2007
Cuando fui telonero
Hoy en clase de francés el profesor nos hizo escuchar la historia de una chica llamada Juliette, cuyo trabajo consiste en ser una “rieuse professionelle”. En otras palabras, a Juliette le pagan por estar sentada en medio del público y reírse en los espectáculos. Cuando ella ríe como una niña a la que todavía no le han enseñado a dibujar casitas, todo el mundo se contagia y empieza a reir y de pronto, la función es comiquísima. Su trabajo es tan viejo como el teatro pero, vamos, eso a nadie le importa. Y menos importa el hecho de que debe permanecer discreta a pesar de llamar la atención, pues si se hace famosa y el público la reconoce perderá su empleo y por ello debe esconderse en el transcurso de las giras. Juliette hace natación, no fuma ni bebe, hace ejercicios de respiración y acude a clases de canto lírico para reír mejor cada día, porque Juliette, ya lo he dicho, es una profesional y no quiere que la comparen con las risas grabadas de la tele.
Al salir de la clase recordé que hace años en Caracas un grupo de teatro húngaro nos pidió, a Juan Cristobal y a mí, que les diéramos una mano en una función que daban en la Hermandad Gallega. La obra se llamaba “La Danza de la muerte” y era una reinterpretación libre de un poema medieval húngaro. Nos hicieron una prueba y como Juan Cristobal reía mejor que yo, a él le tocó ser Juliette y a mí me tocó abrir y cerrar el telón. Yo estaba contentísimo porque la palabra “telonero” siempre me ha parecido muy digna, y Juan Cristobal estaba feliz pues sólo tenía que reir dos veces a lo largo de la función. La verdad es que para dos personas que no sabían nada de teatro éste parecía un buen comienzo, pero obviamente Juan Cristobal se rió a destiempo la primera vez, y la segunda lo hizo tan mal que la gente lo mandó a callar. Y luego yo, al finalizar la obra, estaba tan emocionado que comencé a aplaudir como un loco y se me olvidó cerrar el telón. Después de un minuto a los actores ya les dolía la espalda de tanto hacer reverencias y el público seguía aplaudiendo, supongo, porque los actores hacían las reverencias muy bien. Entonces la muerte, es decir, el actor principal que llevaba una máscara de calavera, me miró, alzó el puño y me amenazó con rabia. Cogí la manivela, la hice girar como un bestia y cerré el telón tan rápido que los actores no tuvieron tiempo de retroceder y se quedaron delante del público. Y como no iba a esperar a toparme con aquella muerte húngara, me fui corriendo por la puerta trasera y me encontré en la calle con Juan Cristobal, que ahora se reía muy bien, pero de nervios, y no paraba de decir: la cagamos Juancito, la cagamos como unos campeones…
Así terminó nuestra carrera teatral. Pero al menos, hoy nos queda el consuelo de haber sido unos profesionales en el difícil arte de cagarla con estilo en una noche de estreno.
Al salir de la clase recordé que hace años en Caracas un grupo de teatro húngaro nos pidió, a Juan Cristobal y a mí, que les diéramos una mano en una función que daban en la Hermandad Gallega. La obra se llamaba “La Danza de la muerte” y era una reinterpretación libre de un poema medieval húngaro. Nos hicieron una prueba y como Juan Cristobal reía mejor que yo, a él le tocó ser Juliette y a mí me tocó abrir y cerrar el telón. Yo estaba contentísimo porque la palabra “telonero” siempre me ha parecido muy digna, y Juan Cristobal estaba feliz pues sólo tenía que reir dos veces a lo largo de la función. La verdad es que para dos personas que no sabían nada de teatro éste parecía un buen comienzo, pero obviamente Juan Cristobal se rió a destiempo la primera vez, y la segunda lo hizo tan mal que la gente lo mandó a callar. Y luego yo, al finalizar la obra, estaba tan emocionado que comencé a aplaudir como un loco y se me olvidó cerrar el telón. Después de un minuto a los actores ya les dolía la espalda de tanto hacer reverencias y el público seguía aplaudiendo, supongo, porque los actores hacían las reverencias muy bien. Entonces la muerte, es decir, el actor principal que llevaba una máscara de calavera, me miró, alzó el puño y me amenazó con rabia. Cogí la manivela, la hice girar como un bestia y cerré el telón tan rápido que los actores no tuvieron tiempo de retroceder y se quedaron delante del público. Y como no iba a esperar a toparme con aquella muerte húngara, me fui corriendo por la puerta trasera y me encontré en la calle con Juan Cristobal, que ahora se reía muy bien, pero de nervios, y no paraba de decir: la cagamos Juancito, la cagamos como unos campeones…
Así terminó nuestra carrera teatral. Pero al menos, hoy nos queda el consuelo de haber sido unos profesionales en el difícil arte de cagarla con estilo en una noche de estreno.
viernes, 29 de junio de 2007
Ludwig y la hermosa Helga
Ludwig, sin saber qué hacer, miraba a la hermosa Helga que estaba apunto de subir al autobús rumbo al aeropuerto. Su corazón latía como loco y no dejaba de observar sus sensuales y delicados labios preguntándose: ¿debo besarla o no? Desesperado, comenzó a mirar hacia todas partes buscando una señal que lo ayudara a decidirse, hasta que alzó los ojos y descubrió un descomunal escrito que cubría todo el cielo: LUDWIG NO SEAS IMBÉCIL Y BESA A LA HERMOSA HELGA O LA PERDERÁS PARA SIEMPRE Y SERÁS UN MISERABLE EL RESTO DE TU VIDA.
Y claro, Ludwig no hizo nada porque no sabía leer en castellano.
Moraleja: a veces el castellano puede servir para algo.
Y claro, Ludwig no hizo nada porque no sabía leer en castellano.
Moraleja: a veces el castellano puede servir para algo.
jueves, 28 de junio de 2007
Lo de siempre
Alberto odiaba a Felipe. Felipe odiaba a Estela. Estela odiaba a Patricia y Patricia odiaba a Alberto. Los cuatro se encontraban cenando y odiándose en silencio en una cabaña a orillas de un oscuro y solitario lago. Alberto había envenenado la ensalada de Felipe. Felipe había envenenado el risotto de Estela. Estela había envenenado el bistec de Patricia y Patricia había envenenado el puré de verduras de Alberto. Estaban a mitad de la cena cuando de improviso se abre la puerta y entra Wilfred, el asqueroso monstruo del lago, que devora a Alberto, Felipe, Estela y Patricia como si fueran pan con mantequilla. Luego se come el pastel de chocolate, las fresas con crema, los melocotones en almíbar, la caja de galletas, la nutella, la cesta de frutas, la mermelada y los tres potes de helado de vainilla que estaban en el congelador. Ya con la panza llena Wilfred se dirige a la salida, pero siente un mareo y saca su teléfono para llamar a emergencias. Sólo alcanza a soltar un eructo y cae muerto.
Una hora más tarde las luces giratorias de una patrulla de policía iluminan el lago. Dentro de la cabaña el despeinado Inspector Stuart, arrodillado junto al cadáver de Wilfred, anota algo en una libreta y comenta al subteniente Joe:
- Lo de siempre. Otro pobre monstruo diabético...
Una hora más tarde las luces giratorias de una patrulla de policía iluminan el lago. Dentro de la cabaña el despeinado Inspector Stuart, arrodillado junto al cadáver de Wilfred, anota algo en una libreta y comenta al subteniente Joe:
- Lo de siempre. Otro pobre monstruo diabético...
lunes, 25 de junio de 2007
El Monte Itome
Bebí el último trago de agua que me quedaba en la cantimplora y continué tratando de convencerme de que faltaba poco para llegar. Hacía tres horas que había abandonado el pueblo de Mavrommati y había tomado la carretera hacia el Monte Itome. Estaba sudando como un salvaje, la mochila me torcía la espalda y no me había cruzado con nadie, excepto un par de cuervos y un burro. ¿Por qué nadie en Grecia quería ir al Monte Itome? La verdad es que no lo sé, aunque sí puedo explicar por qué yo estaba allí: porque soy un cursi y porque una vez había leído la historia de la ciudad de Itome.
Ocurrió por allá en el siglo V a.C., cuando los espartanos tomaron la ciudad y esclavizaron a sus habitantes, los hilotas. A mí siempre los espartamos me han caído mal porque no eran más que unos militares que, como todos los militares, no saben hacer otra cosa sino esperar la muerte matando a los demás. Y a mí me encantó leer que los hilotas se sublevaron y les patearon el culo, y que los espartanos sitiaron la ciudad durante diez años y no lograron tomarla, y que los atenienses cagones apenas ayudaron a los hilotas y que dio igual, porque al final los hilotas lograron librarse del yugo espartano abandonando la ciudad y el Peloponeso. Lo que oyen: para ser libres tuvieron que irse.
Y sí, de la misma manera que algunos imbéciles van a visitar la tumba de Elvis, yo soy un imbécil que quería ir a Itome. Pero caminaba y caminaba y ya empezaba a atardecer. Dos horas más tarde, administrando las pilas de la linterna, sediento y después de atravesar un tétrico campo de olivos y de pasar junto al antiguo basurero municipal, llegué a un monasterio y con el puño golpeé la inmensa puerta de madera. Me abrió un hombre y le dije:
- Por favor señor, ¿podría darme un poco de agua?
- Claro... Pero, ¿de dónde viene usted?
- De Venezuela.
El hombre abrió los ojos como un búho y luego cerró la puerta. Al rato, volvió a salir acompañado por un pope griego, muy flaco y con una inmensa barba que le llegaba al ombligo. El pope me observó y dijo:
- ¿Vienes de Venezuela?
- Sí.
- Venezuela, al parecer, no existe.
- Sí, eso todo el mundo lo sabe.
- Y además, tú no puedes ser venezolano. Supuestamente en Venezuela sólo hay petróleo, mujeres bonitas y Hugo Chávez.
- Coño, ¿está tratando de decirme lo que yo pienso que está tratando de decirme?
- Exacto.
- O sea que, ¿usted puede leerme la mente?
- Sí.
- Entonces, ¿ahora está leyendo que yo pienso que usted es un perfecto idiota que se cree todo lo que dicen los medios de comunicación?
- Sí.
- Y veamos, ¿qué opina de este nuevo pensamiento donde yo le pido un vaso de agua?
- Que serán 3 euros.
- No voy a pagarle 3 euros, y fíjese bien, ahora estoy pensando que quiero irme y que tal vez usted pueda decirme cómo llegar a Itome.
- Sí, el camino gratuito es aquel de allá. Tenga cuidado con los barrancos y llegará en 45 minutos. Pero antes de marcharse, piénselo bien, ¿no quiere probar el camino de 10 euros?
- Pues pienso que gracias y adiós.
Seguí por el tortuoso camino gratuito y llegué a Itome, que resultó ser un montón de piedras rotas que ni siquiera podrían definirse como una ruina. Qué mierda. Además estaba muy oscuro y me sentí perdido y quise llorar, pero me aguanté las lágrimas para no deshidratarme. A la medianoche, desesperado, volví a encontrar la carretera y caí de rodillas.
Entonces, como en una película donde al guionista se le acabaron las ideas, comenzó a llover. Y mientras yo miraba al cielo y abría la boca como un embudo para beber agua, recordé aquella famosa frase que es pasto de extraños foros literarios y que parece fue inventada por un español, pero que en la cima del Monte Itome resume la esencia de Venezuela, ese país con alma pero que no existe:
“Era de noche, aunque llovía”.
viernes, 22 de junio de 2007
El Jorobado de Plata

*
Imagen:
Autoretrato del
Jorobado de Plata
*
*
En las oficinas de la Asociación Trasatlántica de Dibujantes transcurría un día como cualquier otro: burocracia y una larga cola de dibujantes desempleados esperando un plato de sopa de remolacha.
En las oficinas de la Asociación Trasatlántica de Dibujantes transcurría un día como cualquier otro: burocracia y una larga cola de dibujantes desempleados esperando un plato de sopa de remolacha.
Y de repente, el sonido de unas campanas empieza a escucharse en las oficinas, en los pasillos, en los ascensores, en la cocina donde preparan la sopa de remolacha y también en las calles adyacentes. El sonido de esas campanas hace temblar de miedo a todos los dibujantes...
- ¡Oh no! ¡Es el Capriccio de Wilhelm Fitzenhagen tocado en campanas!
Los dibujantes corren aterrados y algunos se esconden bajo los escritorios y se encierran en los baños, pero otros, sacan pistolas y ametralladoras y se preparan para lo peor. Porque escuchar el Capriccio de Fitzenhagen tocado en campanas sólo puede significar que...
- ¡Prepárense! ¡Allí viene por la calle!
¡El Jorobado de Plata ha vuelto! Los dibujantes comienzan a disparar desde las ventanas del edificio pero es muy difícil alcanzarlo. El Jorobado de Plata avanza a grandes saltos, se acerca rebotando sobre su increíble joroba como una pelota de goma gigante. Entra volando y destroza las ventanas del cuarto piso y comienza a lanzar escritorios e impresoras como si fueran tomates. Disparan contra él... pero, como siempre, las balas rebotan en su portentosa joroba y a continuación se dedica a morder las pantorrillas de cuanto dibujante se cruza en su camino.
Después bebe agua en el quinto piso y cuando llega al sexto lo reciben con tres granadas. Sobrevive, descubre que se le ha despegado la suela de una bota y ahora sí que está enfadado. En el séptimo piso, contando con el apoyo de cuatro bazucas y una mina anti-submarinos, el Presidente de la Asociación decide sacar una bandera blanca.
- Señor Jorobado de Plata, ya le hemos dicho muchas veces que nadie quiere dibujarlo.
- ¡Quiero un dibujante! – Gritó el Jorobado de Plata.
- ¡Usted es políticamente incorrecto y además, es de mal gusto! Siempre le digo lo mismo: cualquier dibujante que se atreva a dibujarlo habrá acabado con su carrera. Así que no vuelva a enviar sus historias porque nadie las lee. Y yo le pido que entienda, de una vez por todas, que esta destrucción es innecesaria. Se lo pido por favor... ¡váyase y déjenos en paz!
El Jorobado de Plata se dio la vuelta y caminó hacia la salida, pero se detuvo en el umbral de la puerta, saltó de espaldas, voló por los aires y con su extraordinaria joroba cayó sobre la mina anti-submarinos.
Por quinta vez, la sede de la Asociación Trasatlántica de Dibujantes quedó en ruinas. Y de sus escombros, ahora mismo, surge una figura de color plateado que se arregla el antifaz y se va rebotando por la calle rumbo a la catedral.
El sonido del Capriccio de Fitzenhagen tocado en campanas se va alejando poco a poco, como letras que se van haciendo pequeñas hasta que ya no se pueden leer. Y entonces, sólo queda el ruido de la ciudad y una pregunta en el aire...
¿Quién va a dibujar al Jorobado de Plata?
P.D. A mi amigo Frank que está en Génova, porque algún día todos encontraremos trabajo.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





















